Inestabilidad en Asia Central Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Kazajistán, ¿otra revolución de color?

Como ya ocurrió en las que terminaron conociéndose como revoluciones de colores, es elemental entender que hay actores externos interesados en rentabilizar las circunstancias actuales para intentar llevar el agua a su molino

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Un grupo de policías antidisturbios hace frente a los manifestantes en Alma Ata Alma, en Kazajistán.

Un grupo de policías antidisturbios hace frente a los manifestantes en Alma Ata Alma, en Kazajistán. / EFE

Por desgracia, son muchos los países que registran altos niveles de corrupción, intolerables brechas internas de desigualdad, desatención generalizada a las necesidades básicas de la mayoría de la población, altos niveles de desempleo, malestar social y falta de expectativas de mejora. Y Kazajistán, desde luego, es uno de ellos. Aun así, son pocos los que experimentan un proceso de protestas como el que arrancó la pasada semana en las calles de un país que, pese a su inmensidad –es el noveno del mundo en extensión–, está poblado por menos de 19 millones de personas (con una edad media menor de 30 años).

Un país rico que obtiene en torno al 60% de sus ingresos de la exportación de hidrocarburos y de uranio (suministra en torno al 42% del total mundial) y en el que se localiza el 20% del minado de bitcoin a escala planetaria. El mismo que 30 años después de su independencia sigue en manos de una élite rentista agrupada en torno a la figura de Nursultán Nazarbáyev y, desde 2019, la de su delfín, Kasim-Yomart Tokáyev. El indisimulable sesgo autoritario del régimen y el deterioro de las condiciones económicas solo esperaba una chispa para quebrar su falsa imagen de estabilidad. Y así cabe interpretar el fin de los subsidios al precio de los combustibles desde el pasado 1 de enero. Desde las movilizaciones iniciales en Janaozen, muy pronto las protestas se extendieron por todo el país, sin que la primera respuesta de Tokáyevanuncio de bajada de precios y cese de todo el Gobierno– sirviera para frenar un movimiento que muy pronto adquirió un tono violento.

Violencia ejercida por grupos organizados y más violencia aun empleada por unas fuerzas de seguridad con órdenes de disparar a matar sin previo aviso. Un inquietante panorama que recuerda a lo ocurrido años atrás en Ucrania o Bielorrusia y que vuelve a plantear las mismas preguntas, todavía sin respuestas claras.

Es innegable que existe una situación objetiva de insatisfacción y repulsa antigubernamental por parte de una población maltratada desde hace mucho. Y eso bastaría para explicar su movilización, e incluso su recurso a la fuerza, para responder a un régimen que no ha dudado en declarar el estado de emergencia, en calificar de terroristas a sus oponentes y en reclamar la intervención militar de sus socios de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (con Rusia a la cabeza). Pero, como ya ocurrió en las que terminaron conociéndose como revoluciones de colores, también es elemental entender que puede haber actores externos interesados en rentabilizar esas circunstancias para intentar llevar el agua a su molino.

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Kazajistán es una pieza valiosa en el juego geoestratégico de Asia central y más allá. Para Rusia se trata no solo de un vecino con el que comparte 7.000 kilómetros de frontera, y, por tanto, al que le afecta todo lo que allí ocurra, sino también un territorio del que extrae buena parte del uranio que necesita para sus centrales, y en el que sigue contando con el cosmódromo de Baikonur y el polígono de Sary Shagan –en el que lleva a cabo el desarrollo de sus misiles antibalísticos–. Y es bien sabido el empeño de Vladimir Putin para recuperar la influencia que en su día tuvo la Unión Soviética en su periferia europea y asiática. Eso explica que, en claro contraste con la pasividad ante la guerra que Armenia sostuvo en 2020 con Azerbaiyán, Moscú se haya apresurado a enviar allí a sus soldados con la tarea de garantizar la seguridad de las infraestructuras críticas, liberando así a las fuerzas kazajas para que estas se centren en reprimir la protesta en las calles.

Visto así, no debería sorprender que quienes buscan frenar las aspiraciones rusas se afanen por estimular las protestas de los kazajos. Aunque solo sea para dificultar su actual apuesta en Ucrania, obligándole a reservar parte de sus fuerzas por si el escenario kazajo aconseja aumentar la fuerza expedicionaria actual. Una fuerza que, por mucho que se quiera hacer pasar por pacificadora, es una muestra más del ansia rusa por volver a dominar la región. Y así, otra vez, más que el color que puede aportar una población movilizada, lo que parece contar es su instrumentalización al servicio de otras agendas.