APUNTE

Mientras tanto, la decepción y la fragilidad

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Xavi.

Xavi. / EFE / MIGUEL ÁNGEL MOLINA

La entrada de Álvaro Sanz en el minuto 82 en sustitución de Dembélé puede ser leída como un error estratégico, como una necesidad táctica o como una declaración de intenciones. Es evidente que Xavi sabía que una hipotética expulsión de un jugador con ficha del primer equipo en ese cuarto de hora que faltaba para que acabara el partido era una sentencia de muerte en Granada. Queda descartada, pues, la opción del despiste. Había que reforzar el medio campo, evitar un nuevo episodio de defensa numantina, que, tal y como está el Barça, es numantina, sí (por el coraje y la determinación de los sitiados), pero tiene poco de defensa (por los errores y la falta de contundencia). Y seguramente convenía arriesgarse, que es lo que está pasando desde que el de Terrassa está en el banquillo. Tienes la percepción de que, si fuera por él, que no entiende las disposiciones administrativas de tener que jugar con siete titulares, acabaría con un equipo de muchachos. A pesar de la inexperiencia, a pesar de los debuts apresurados. Por eso podemos entender la entrada de Sanz como una declaración de intenciones, como un manual de comportamiento.

Mi amigo poeta Jaume Subirana me envía un mensaje durante el partido, después del gol de Luuk de Jong. “Oigo en la radio que dicen: 'Alves cuelga el balón' y ya sólo falta la voz de Puyal para que piense que tengo 15 años menos”. Vivimos entre el rejuvenecimiento sentimental (el nuestro, el de cada uno: una visita nostálgica a nuestro pasado) y el colectivo (el de la plantilla). Es decir, apenas podemos probar algo que se parezca a un presente. O bien nos apegamos a lo que fuimos (alguien ha dicho que Alves es el mejor lateral que tiene el Barça desde Alves) o bien confiamos en lo que un día seremos. Mientras tanto, la decepción y la fragilidad, este sufrir contra quien sea hasta el último momento, hasta el suspiro último, con chispas de algo que vislumbramos y con las cenizas de lo que tardaremos en volver a ver. Y nos entretenemos en esa famosa captura de pantalla de Piqué que nos deslumbra y nos desbarata (“Yo ahora lo veo con otros ojos”, ha dicho la editora Glòria Gasch) y en el adiós circunstancial de Coutinho, mientras miramos de meter la esperanza en una habitación cerrada y con olor a naftalina.

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Cuesta imaginar a un Barça en condiciones no para ganar, sino para enfrentarse este miércoles (¡sólo eso!) al Real Madrid. La covid, las lesiones, las sanciones, la defensa desgajada, el medio campo dubitativo, con algunos arrebatos (Nico, esplendoroso, eso sí), la delantera inestable (el resucitado Luuk, eso sí, la sangre campesina de Ferran Jutglà)… todo parece presagiar una tormenta perfecta en el desierto saudí. Pero vete a saber. A veces ocurre un milagro, como cuando el coronel Thomas Edward Lawrence, el de Arabia, sobrevive en la lucha contra los elementos, el viento desbocado y la arena en los ojos. A veces ocurren cosas de estas.