Barraca y tangana

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Imagen del histórico partido entre Brasil e Italia en el Mundial 1982, en el desaparecido Sarrià.

Imagen del histórico partido entre Brasil e Italia en el Mundial 1982, en el desaparecido Sarrià. / ARCHIVO

A veces me llevo unos sustos que yo qué sé. Estaba tan tranquilo en el periódico cuando empecé a escuchar una extraña melodía, a mi derecha y a lo lejos, sin saber muy bien qué era y de dónde procedía con exactitud. Afiné el oído y me pareció que alguien estaba silbando.

Silbando. En 2022. Me resultó tan extraño que de entrada lo descarté, pero a los pocos segundos volví a escuchar la misma cancioncilla, con más nitidez esta vez. Temiendo lo peor, pregunté por WhatsApp a Sergi, que lo tengo enfrente, después de hacer contacto visual. Su rostro desencajado invitaba a pensar que yo estaba en lo cierto y su mensaje de respuesta confirmó los peores augurios: en efecto, allá a lo lejos, había un tío silbando.

Silbando. En 2022. ¿Qué es esto? ¿La posguerra? Por si no fuera suficiente, a mi izquierda se contagió otro tipo y se puso a silbar también. Dos adultos silbando a la vez. En 2022. ¿Qué somos? ¿Jilgueros?

Porteros y delanteros

Pensé en llamar a la policía, pero no hizo falta. De repente, los silbadores regresaron del siglo pasado y volvió el silencio a la redacción. Tardé en recobrar la calma, después de la experiencia. Fue un momento similar a encontrarte una mandarina repleta de pepitas, que te parece de otra época, que pensabas que eso es algo que, como sociedad, ya habíamos superado y dejado atrás. Fue un momento similar a ver a un portero blocar una pelota tras un disparo potente, que eso ya no pasa, que ahora casi siempre despejan. Fue un momento similar a ver a un delantero regatear en un mano a mano, que eso ya no pasa, que ahora casi siempre chutan. Mandarinas con pepitas, porteros blocadores y delanteros que regatean guardametas. Gente silbando. ¿Qué es esto? ¿El Mundial 82?

Si algo bueno puedo decir de la educación de mis hijos, es que no han aprendido a silbar. Eso y que a Teo le trajeron los Reyes Magos la pelota de la Liga y estuvo dándole cabezazos hasta que le salió sangre por la nariz. Tampoco saben hacer la cama, mis hijos. Creo que ni siquiera son conscientes de que existe la posibilidad de tener que hacer la cama. De vez en cuando se la encuentran hecha y ya está. Ya nadie hace la cama, ¿no? Y antes parecía superimportante. Si me entero de que les enseñan a silbar en clase, los cambio de colegio.

Un decreto ley

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Si fuera presidente del Gobierno, dictaría un decreto ley para prohibir silbar en núcleos urbanos. La excepción a la prohibición sería el fútbol, por supuesto. Solo se podría silbar en un campo de fútbol. Siempre me ha impactado la cantidad de gente que sabe silbar en los campos de fútbol, o igual son unos pocos elegidos a los que se les escucha mucho. He de confesar que durante mi adolescencia y en algunos partidos, porque todos tenemos nuestras contradicciones, pedía a mi amigo Pepe que silbara por mí en el fútbol. Era una manera de delegar mi derecho a la protesta. Tal y como era mi equipo en aquellos años, casi se ahogó mi amigo, más de una vez, falto de aire ante mis numerosas solicitudes de queja.

En fin. A veces me llevo unos sustos que yo qué sé. La otra noche estaba tan tranquilo en el sofá y sonó el móvil. Contesté y era un amigo desde un concierto, y me gritó que la canción que estaban tocando le había recordado a mí. Llamar desde un concierto. En 2022. ¿Eso aún se hace? ¿Me llamó con el Nokia de la serpiente?