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Aventura balear con covid

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El portero alemán del Barcelona Marc-Andre ter Stegen desvía un disparo del defensa español del Real Mallorca Jaume Costa.

El portero alemán del Barcelona Marc-Andre ter Stegen desvía un disparo del defensa español del Real Mallorca Jaume Costa. / JAIME REINA / AFP

Si escuchabas el partido contra el Mallorca por la radio –no sé, volviendo de esquiar, por ejemplo, o de alguna orgía prohibida y desmantelada en Lliçà d’Amunt– podías llegar a pensar que todavía estabas bajo la influencia de la resaca de Nochevieja o bajo los efectos de alguna droga psicotrópica. ¿De verdad jugaba el Barça? ¿Quiénes eran todos aquellos que decían que eran del Barça y que nunca habías oído antes? ¿De verdad es capaz Luuk de Jong de hacer una chilena como esa? Y más irreal aún: ¿de verdad puede marcar un gol con la cabeza, el decisivo, además? En Mallorca se jugó un partido extraño, una «locura» como dijo Xavi, porque no podías discernir si era de solteros contra casados o si se trataba de uno de esos «bolos» de pretemporada que sirven solo para estirar las piernas. Cosas de la covid.

Más allá de la indefinible aventura insular (¡gracias, resucitado Ter Stegen!) hay dos formas de contemplar el escenario del año que comienza. Con el ingenuo optimismo de los buenos propósitos o con el pesimismo de la realidad que se impone justo después de haber celebrado las 12 campanadas que dan paso al día 1. O con una combinación de ambas.

El mínimo exigible

La ilusión que ha generado la llegada de Xavi puede convivir con el conformismo de quien observa 2022 como un camino de penitencia necesario para hacerse perdonar los pecados de los últimos años y recibir la absolución en forma de regreso a la élite. No nos engañemos: Aún estamos haciendo cálculos para tratar de averiguar cómo podremos entrar en la Champions. Quedar entre los cuatro primeros de la Liga o (empresa más atrevida, si es posible) ganar la Europa League.

Jugar la máxima competición continental del 22/23 es el mínimo exigible. Y no hablo de la Historia o de la dignidad azulgrana, sino de las inmediatas perspectivas de futuro a la hora de fichar a alguien con entidad suficiente, sin contar con la necesidad de unos mínimos ingresos para las arcas agrietadas del club.

Mes de rebajas

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Quizás no sea tan despreciable esta actitud posibilista. Es probablemente la más inteligente. Es dejar atrás «el mar despiadado», como decía Dante en el Canto I del Purgatorio, y adentrarse allí «logra su purgación el alma humana / y se hace digna de subir al cielo». 

Enero es mes de rebajas. El deseo de deshacernos de ese jersey con borra (Umititi) o del pantalón con las costuras deshechas (De Jong, a pesar del gol) o con la entrepierna rota (Coutinho) y de cambiar el armario con piezas nuevas (un Ferran Torres reluciente) o de segunda mano en condiciones (Alves), o descubriendo aquel suéter tan escondido que ni recordábamos que nos iba de perlas (Ansu Fati), ese deseo, genera unas endorfinas que provocan un cierto estado placentero. Sin contar con el más que probable adiós de uno de los futbolistas más sobrevalorados de la historia (digamos Dembélé, incapaz de ir más allá del arabesco espasmódico). Hoy, entreno a puerta abierta. Si seguimos así, quizá veamos haciendo rondos a los infantiles

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