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Occidente condena a los afganos al hambre

Hay que evitar que Afganistán se convierta en un Estado fallido, que genere más violencia y la huida de millones de personas desesperadas

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Occidente condena a los afganos al hambre

El cerco impuesto a Afganistán desde que Estados Unidos y sus aliados salieron del país centroasiático hace más de cuatro meses tras 20 años de guerra, condena a los afganos a una hambruna atroz, que va matando de inanición y frío a los más vulnerables: niños, ancianos y mujeres. Congelar las reservas de divisas de Afganistán en EEUU y la ayuda al desarrollo es una venganza vergonzosa contra un pueblo indefenso.

Occidente debe a los afganos apoyo para superar los efectos del coronavirus y de la terrible sequía, que ya había dejado en situación de inseguridad alimentaria a más de la mitad de población, unos 22 millones de personas, antes de que se fueran las tropas extranjeras. “Los niveles de sufrimiento y necesidad son impactantes”, declaró Martin Griffiths, responsable de la ONU para esfuerzos humanitarios de emergencia. 

Lo que Occidente debería hacer es evitar que Afganistán se convierta en un Estado fallido, que genere más violencia y la huida de millones de personas desesperadas. Es urgente poner fin al ciclo de miseria y derramamiento de sangre que comenzó hace más de cuatro décadas con la invasión soviética y el apoyo de EEUU a la insurgencia muyahidín, cabeza espiritual y política de los talibanes. 

Es hora de reconstruir. Aislar y sancionar al Gobierno talibán solo acarreará más destrucción. Si Occidente es sincero en su preocupación por la escolarización de las niñas afganas, el futuro de la mujer y la estabilización del país, no tiene otro camino que ayudar a los afganos y promover que también lo hagan las agencias de la ONU, el Banco Asiático de Desarrollo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. 

Un paso en la buena dirección es la resolución aprobada el 22 de diciembre por el Consejo de Seguridad de la ONU, para facilitar ayuda humanitaria a Afganistán durante un año. El texto también permite a quienes hayan abandonado el país enviar dinero a sus familias, pero no altera las sanciones impuestas a las entidades relacionadas con los talibanes.

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La economía afgana está al borde del colapso, al igual que la sanidad y la educación. La huida de miles de funcionarios y de las personas más cualificadas del anterior Gobierno ha dejado la administración del Estado en manos de combatientes sin experiencia, muchos de ellos sin estudios ni preparación para sacar adelante un país atenazado por el covid, la hambruna y la ignorancia. El interés de EEUU y sus aliados se centró en la seguridad, como prueba que más de dos tercios de la ayuda que los donantes proporcionaban al Gobierno se destinaba a defensa y seguridad. Así, en 2019 los programas educativos recibieron un total de 312 millones de dólares --unos 20 dólares por cada uno de los 15 millones de afganos de entre 5 y 19 años--, una cantidad ridícula comparada con el millón de dólares anuales que costaba al Pentágono cada soldado estadounidense durante su servicio en el país asiático.

La dependencia de la ayuda exterior, fomentada por EEUU durante las dos décadas de invasión y ocupación, ha dejado Afganistán hundido y sin resortes para salir adelante. Los civiles se alejan del horror de la guerra y los bombardeos para sufrir el asedio del hambre.

Afganistán tiene una de las tasas de mortalidad infantil y materna más altas del mundo, pero la situación ha empeorado considerablemente en los últimos meses. En septiembre cerraron sus puertas una cuarta parte de los 37 hospitales del país. Los que funcionan carecen de equipamiento básico y medicinas. No hay electricidad, ni oxígeno, ni mascarillas, ni jabón, ni siquiera agua limpia y conforme caen las primeras nieves del crudo invierno algunos hospitales han pedido a las familias que busquen leña para calentar las habitaciones. “La gente está más preocupada por el hambre que por el covid”, afirma Mary-Ellen McGroarty, directora en Afganistán del Programa Mundial de Alimentos.

Se espera que la presión conduzca a los talibanes a la mesa de negociación para que se comprometan a respetar los derechos humanos y a poner fin a su política de apartheid de género. Las sanciones, sin embargo, no han servido nunca para cambiar un régimen y las consecuencias en Afganistán son tan devastadoras que están abonando el terreno para que el país vuelva a convertirse en refugio de los grupos terroristas más fanáticos.

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