Estado compuesto Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Diecisiete modelos

El empeño de los partidos y los medios conservadores en señalar que hay 17 modelos diferentes de hacer frente al covid-19, parece simplemente reflejar que aún les cuesta entender lo que es un Estado descentralizado

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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en una fotografía de archivo. EFE/Emilio Naranjo

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en una fotografía de archivo. EFE/Emilio Naranjo

No se puede negar que desde que comenzó la pandemia ha habido en algunas ocasiones falta de coordinación y de reflejos y, en otras, deslealtad institucional, pero el empeño de los partidos y los medios conservadores en señalar, como si fuera una anomalía, que hay 17 modelos diferentes de hacer frente al covid-19, parece simplemente reflejar que 40 años después de instaurarse las autonomías en España, a las derechas les cuesta entender lo que es un Estado descentralizado. Nada de lo que ocurre aquí es distinto de lo que es norma en los estados federales, algunos tan admirados como Alemania, Estados Unidos o el Reino Unido. Allí también cada territorio autónomo, en el ejercicio de sus competencias en materia sanitaria, adopta las medidas que le parece convenientes según sea la situación de cada 'land', estado o nación, o según la ideología, como también ocurre aquí. Durante esta pandemia, hemos visto, por ejemplo, las peleas de la ahora añorada Angela Merkel con los gobernantes de los 'lander', y leemos cada día que en Estados Unidos el porcentaje de vacunados es muy inferior en los estados gobernados por los republicanos que en aquellos que dirigen los demócratas.

 

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Esta nostalgia del centralismo, esa añoranza de la España una, que encierran las críticas al Gobierno de Pedro Sánchez por no adoptar medidas uniformes —para las que, por cierto, no tiene competencias ni instrumentos tras las decisiones del Tribunal Constitucional— la expresan también muchos ciudadanos de la España profunda, en una contradicción flagrante con lo que votan luego en las elecciones autonómicas. En Madrid, por poner un caso. Porque es precisamente en la Comunidad de Madrid donde más se clama por el centralismo y la que, haciendo uso de su autonomía en sanidad, más se ha distanciado del resto en las políticas anti-Covid que (no) aplica, proclamando la libertad —para tomar cañas—, mientras las otras autonomías, incluidas las que también gobierna el PP, han ido adoptando medidas restrictivas incluso en las actuales “17 navidades diferentes”. De hecho, fue la presidenta madrileña la que criticó con más dureza al jefe del Ejecutivo cuando Sánchez decretó el cierre perimetral de Madrid —“a punta de pistola”, dijo Díaz Ayuso— en el puente del Pilar de 2020. Y todo, mientras Pablo Casado exige al Gobierno normas generales.

 Al contrario de lo que proclaman los unitaristas, se podría decir que lo ocurrido en estos casi dos años de pandemia no es ese “carajal” que denuncian, sino una especie de ensayo federal con la asunción por parte de los gobiernos autonómicos de las responsabilidades que les corresponden, viéndose obligados a adoptar medidas impopulares, a afrontar retos como el de la vacunación de millones de personas —este con gran éxito— y a aguantar las críticas de la ciudadanía, que se siente amenazada por le virus y vive con gran incertidumbre el presente y el futuro. Qué bueno sería que en este asunto no imperara también la bronca y que las derechas empezaran a aceptar como normal en los discursos lo que es normal en la práctica diaria.

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