Décima avenida

La (mala) salud de hierro del sistema sanitario

Urge reforzar el sistema sanitario no a los números prepandemia, sino al menos a la situación prerecortes

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Un equipo de sanitarios atiende a un paciente ingresado en la UCI de un hospital en Barcelona.

Un equipo de sanitarios atiende a un paciente ingresado en la UCI de un hospital en Barcelona. / Ferran Nadeu

Al principio de la pandemia, de la que se van a cumplir pronto ya dos años, Angela Merkel advirtió de que todo el mundo acabaría enfermando de covid, de la misma forma que todo el mundo ha contraído en alguna ocasión la gripe. Comprobado que el covid es más letal que la gripe pero que, al mismo tiempo, la mayoría de enfermos sanan, el reto de la gestión de la pandemia siempre ha sido no evitar el contagio, sino graduarlo para que el número de enfermos no colapse el sistema sanitario al mismo tiempo que nos asfixiamos económicamente a nosotros mismos. Nos impusieron el confinamiento domiciliario, se decretaron cierres perimetrales, se pusieron en marcha los toques de queda y se limitaron aforos no para evitar que nos contagiemos, sin para ralentizar o frenar el ritmo al que nos contagiamos como colectivo. Cada muerte es una pérdida irremplazable, y por supuesto hay que dar toda la importancia a datos como los contagios, la Rt y el riesgo de reborte, pero desde el punto de vista de la gestión la cifra clave es la de ingresos hospitalarios y pacientes graves en las unidades de cuidados intensivos (UCI). Eso, y la situación en la atención primaria, primera línea no ya del covid, sino de todo nuestro entramado de salud. 

El primer azote

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El primer azote de la pandemia, nos contaron, nos pilló desprevenidos y con unos sistemas sanitarios que aún pagaban los ingentes recortes y las políticas más o menos abiertas de privatización (véanse Catalunya y Madrid como ejemplos claros, aunque no únicos, de las dos casuísticas). La sucesión de olas nos ha ido pillando agotados y sin tener las armas para luchar contra el virus, lluvia sobre mojado. Al principio, esperábamos la vacuna. Después, esperábamos la extensión de la vacunación. Esta vez, esperamos la vacunación infantil y la dosis de refuerzo. Siempre nos falta algo para que los rebrotes (que, puntualmente, se van sucediendo hasta formar olas y, en el caso de ómicron, tsunamis) no nos obliguen a adoptar más sacrificios. Y los debates se repiten: muchos dicen que se veía venir, médicos y epidemiólogos exigen medidas más duras, los sectores afectados braman, la España de las autonomías demuestra su más que imperfecta estructura de gobernanza y su escasísima lealtad institucional. Y los sanitarios denuncian abandono de la administración, contratos que no se renuevan (8.000 en Andalucía) y unas condiciones de trabajo que no mejoran. El covid arroja luz de forma inmisericorde sobre las carencias de un sistema sanitario que se sostiene demasiado a menudo gracias al sacrificio del personal que trabaja allí. No es de extrañar que médicos y personal de enfermería encabecen el movimiento de la Gran Dimisión

De los debates que ha planteado el covid, uno de los más tramposos es el que habla del reparto de responsabilidades individuales y de los gobiernos para frenar la pandemia. Es evidente que la responsabilidad individual es crucial, pero las decisiones no pueden ser únicamente personales.  Los gobiernos (no los sectores económicos ni tampoco los epidemiólogos) son los que deben equilibrar riesgos y establecer marcos y, también, obligaciones y prohibiciones. El balance de la gestión de los poderes públicos es dispar, pero en lo que se refiere a la gestión del sistema sanitario es mejorable. Porque si de lo que se trata es de que el sistema sanitario pueda atender a los enfermos de covid (y a los demás, conviene no olvidarlo) hay dos posibilidades: intentar que no nos contagiemos (ya vamos por la sexta ola) o reforzar el sistema sanitario no a los números prepandemia, sino al menos a la situación prerecortes. La (mala) salud de hierro del sistema sanitario debe remediarse.