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El Messi del futuro será transgénero

La cada vez mayor aceptación social de la transexualidad contrasta a menudo con el silencio condescendiente de algunas formaciones políticas. El colectivo necesita ahora de referentes que perpetúen el clima de normalidad

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El colectivo pro Ley Trans Euforia durante una concentración frente al Congreso de los Diputados.

El colectivo pro Ley Trans Euforia durante una concentración frente al Congreso de los Diputados. / David Castro

Les recomiendo el reportaje publicado días atrás por 'Faro de Vigo', del mismo grupo editorial al que pertenece este diario, en que se cuenta la historia de Iker y Marcos, inscritos tras su nacimiento como Ainhoa y María, y que todavía son oficialmente jugadores del equipo de fútbol femenino del Peñasco, de la Segunda Galicia. Mientras completan su transición, ambos apremian sus últimos meses como portero y centrocampista del equipo femenino, en el que gozan del apoyo del técnico, la directiva, las compañeras y, sobre todo, de sus familias. Incluso en un mundo como el fútbol, tan dado al vocerío de una grada desatada y a soltar la adrenalina bien provista de decibelios trufados de alusiones a la condición sexual, Iker y Marcos se han encontrado con la aceptación absoluta de las aficiones rivales tanto como de la propia.

La comúnmente conocida como ley trans, aprobada en junio por el Consejo de Ministros tras un fuerte debate en el seno del Gobierno y no sin la condescendencia, cuando no la broma soterrada, de la oposición de derechas e incluso de la izquierda, representa un punto de inflexión para el colectivo transgénero, en particular, y para toda la causa LGTBi en general: igualdad de derechos y libertades para aquellos que tienen la potestad legal, porque así se sienten, de elegir libremente su sexo, con independencia del que consta en el documento de identidad desde el nacimiento.

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Los casos de Iker y Marcos, un ejemplo de tolerancia, como aseguran ellos mismos, desde un entorno que podría suponerse hostil, constituye un paso de gigante en la socialización de un grupo de población que acaba de conquistar recientemente un derecho que el resto de la sociedad disfruta desde hace décadas: el de ser tratado como un igual. Los periódicos de esta semana recordaban también a Margarida Borràs, la hija de un mallorquín afincado en València que fue torturada y ahorcada en el siglo XV por su identidad de género. Un artista valenciano le ha rendido homenaje en la capital del Turia con un enorme mural, que se suma a la placa que el Ayuntamiento le dedicó en 2017 junto al Mercado Central, donde fue ajusticiada en 1460. 

Sin salir de esta comunidad, hemos sabido que Alexia Herranz Sánchez, militante del Partido Popular en Gandía y primera candidata transexual a presidir una agrupación del PP, está dispuesta a presentar la batalla para dirigir la formación frente al actual dirigente, Víctor Soler, a cuya dirección acusa sin tapujos de «apartar y humillar a gran parte de los afiliados del partido de toda la vida». Con Esperanza Aguirre e Isabel Díaz Ayuso como modelos y muy crítica con la ley trans valenciana, Alexia admite haber escuchado comentarios transfóbicos en su propia organización, lo que condujo a su dimisión como secretaria de Diversidad en Nuevas Generaciones, el ala juvenil del PP.

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Con el ejemplo muy reciente de Carla Antonelli, como diputada del PSOE en la Asamblea de Madrid entre 2011 y 2021, las personas transgénero tienen ante sí una larga batalla en la normalización y en la aceptación social que cada día vemos con mayor profusión entre el resto del colectivo LGTBi. Si a nadie extraña ya que gais y lesbianas ocupen puestos destacados en la política, el arte o el deporte, los transgénero carecen aún de referentes claros en un país que, durante mucho tiempo solo, aceptó a Bibiana Fernández como un elemento exótico de la cinematografía española hasta el definitivo reconocimiento popular de su talento.

La visibilidad lograda por Iker y Marcos o el concurso de Alexia Herranz en la vida orgánica del PP deben constituir un ejemplo para toda la clase política, que todavía observa con cierta displicencia la inmersión en puestos relevantes de personas con disforia de género. A día de hoy, continúa siendo noticia que un futbolista declare abiertamente su homosexualidad, y no digamos si ello se produjera en otras profesiones de cara al público (los toreros, sin ir más lejos) de las que se presumen todas las cualidades de eso que llaman la España testicular (echarle huevos a todo). La sociedad acabará aceptando que dentro de unos años, y puede que ya hayan nacido esas personas, cabe la posibilidad de que los futuros Messi, Cristiano o Alexia Putellas sean transgénero. Y las futuras generaciones se echarán las manos a la cabeza al caer en la cuenta de que, en el siglo XV, se ahorcaba a la gente por su identidad de género.

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