La lucha contra la pandemia Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Extender la inmunidad

Si hay alguna duda sobre la vacunación a los menores de 11 años, es la de priorizarlos frente a la población de países más rezagados, no por miedos no demostrados

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Una sanitaria vacunando a un menor contra el coronavirus.

Una sanitaria vacunando a un menor contra el coronavirus. / Isabel Infantes / EP

Después de haber sido aprobada por la Agencia Europea del Medicamento, la Comisión de Salud Pública de España ha dado el visto bueno a la vacunación contra el covid en la franja de menores entre 5 y 11 años. La vacuna de Pfizer/BioNtech, la única vigente adaptada a la población infantil (con la inoculación de una tercera parte de la dosis que reciben los adultos), ya se está suministrando en Estados Unidos e Israel y también está prevista su utilización en otros países europeos, como Francia. Se calcula que son unos 3,3 millones de niños los que en España podrán beneficiarse del suero en unos momentos en los que es evidente, según los datos estadísticos, que esta franja de edad es la que presenta más casos de infecciones. Muy superior, con una incidencia acumulada a 14 días que en Catalunya bordea los 600 casos por cada 100.000 habitantes, a la media de la población, que se cifra en 340.  

La mayoría de los científicos expertos considera que la medida es necesaria, aunque no sea urgente, puesto que el 75% de los contagios en escuelas se han dado en menores de 12 años, es decir, aún no vacunados. Aunque es cierto que la afectación grave es muy inusual, es superior a los hipotéticos efectos secundarios. Y la administración del suero ha de servir, en primer lugar, para proteger a niños y niñas y también para disminuir la transmisión en el entorno educativo y en el familiar. En consecuencia, para avanzar en la inmunidad de grupo y rebajar el nivel de circulación del virus. 

La vacuna a menores (como la inoculación de una dosis de refuerzo) puede generar dudas, sobre todo de tipo logístico y humanitario. ¿Es mejor extender la inmunización en las sociedades avanzadas o abocar los esfuerzos a una vacunación global y masiva? Pero de lo que no cabe duda es que la vacuna presenta las máximas garantías y una efectividad en torno al 90%. La confianza en las opiniones de los responsables de los organismos sanitarios debe prevalecer sobre los bulos difundidos por sectores negacionistas. Los movimientos antivacunas ya se escudan en esta campaña que empezará el 15 de diciembre, y en la obligatoriedad del pasaporte covid, para rearmar su protesta en base a argumentos peregrinos. El mantra de que con la generalización de su inoculación se «está experimentando» con niños, blandido para alimentar miedos, topa de frente con una evidencia: la decisión de extender a estas edades la vacunación llega tras haberse hecho esperar casi un año adicional, tras un largo periodo de pruebas que certifican su seguridad y efectividad. 

Debe recordarse que, sin ser obligatorias, las vacunas incluidas en el calendario de vacunación español (desde la de hepatitis a la de meningitis, pasando, entre otras, por la del tétanos, la difteria, el sarampión o la varicela) han llegado a porcentajes altísimos de aceptación porque la inmensa mayoría de familias entienden que son básicas para el desarrollo saludable de sus hijos. Sin embargo, es innegable que, a nivel global, se han ido consolidando posturas refractarias que han provocado rebrotes impensables hace tiempo, como la epidemia de sarampión de hace dos años en Estados Unidos. Por todo ello es necesario recordar que, como estamos comprobando, las vacunas salvan vidas y evitan situaciones dramáticas. También entre nuestros menores. Son seguras, efectivas y necesarias. Este es el criterio a tener en cuenta, ahora más que nunca.