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Aquellas pequeñas cosas

No han sido ni la salud, ni el desánimo, ni el cansancio los que le presentaron la decisión a Serrat; sino su voluntad perforada por las ausencias y su sabia mirada que sabe que detrás de cualquier esquina puede asomar lo inevitable

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Joan Manuel Serrat, en su primer concierto, en el Centre Cultural L’Avenç.

Joan Manuel Serrat, en su primer concierto, en el Centre Cultural L’Avenç. / EPC

El mismo año que Fidel Castro entraba en La Habana y Eisenhower llegaba a Madrid, en el Poble Sec de Barcelona un padre le regalaba una guitarra a su hijo, orgulloso como estaba de que hubiera acabado el bachillerato laboral y empezara peritaje agrícola.

El mismo año que Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre lanzado al espacio por la Unión Soviética y las fuerzas anticastristas protegidas por John F. Kennedy fracasaron en Bahía Cochinos, aquel muchacho y su guitarra formaron un conjunto musical con compañeros de la mili.

El mismo año que Estados Unidos ordena los primeros ataques masivos sobre Vietnam del Norte y el presidente Lyndon B. Johnson aprueba la intervención militar en República Dominicana para evitar otra Cuba, el joven se gradúa como perito agrícola y con la guitarra se presenta en Radio Barcelona para actuar en 'Radioscope' con Salvador Escamilla. De la primera oportunidad para interpretar sus canciones en público a firmar un contrato discográfico median semanas. Pocas. Y aquel instrumento que le regalaron “quan em voltaven somnis dels meus setze anys, encara adolescent, entre les meves mans que tremolaven”, deviene en la compañía “amb la que varem crèixer plegats, jo em vaig fer un home; ella es va anar espatllant al meu costat”.

Los sencillos acordes no impiden que la canción se eleve a himno de una generación que le espera en el teatro L’Avenç de Esplugas de Llobregat, convertido ya en el trece de 'Els Setze jutges' sin que la superstición hiciera mella ni la mala suerte presencia. Desde entonces sabe que “ja tinc un amic fidel, pobre guitarra: canta quan canto jo i plora sempre amb mí”.

Que Joan Manuel Serrat Teresa (Barcelona 27 de diciembre de 1943) haya anunciado que dentro de un año se bajará de los escenarios no significa que deje de tocar aquella guitarra que le entretenía antes de componer canciones y que permanecerá entre sus manos para cantarlas con sus amigos cuando le insistan. Y entre todos recordarán porque recordar es volver a vivir.

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Ese punto de nostalgia es el que sienten estos días las personas que vieron convertidos algunos de los muchos temas de Serrat en la banda sonora de otros tantos momentos. Y así, por acumulación y como quien no lo quiere, se han percatado de que fueron hilvanando grandes pedazos de tela estampada de múltiples experiencias. La que reproduce los sentimientos más profundos, las caricias más tiernas, las lágrimas más dulces, los gritos más dolidos, los versos más coreados, las melodías más insinuadas y los aplausos más sinceros. La manta que arropó toda una vida.

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Mientras, desde aquel mismo estudio en el que todo empezó, reverberará la voz de Arribas Castro gritando “poeta”. Y el cantautor, sonriendo, volverá la vista atrás y verá la senda que nunca más ha de volver a pisar.

Será después de su última gira que le llevará un año. El próximo. El tiempo que el artista luchará para controlar los zarpazos de su corazón alterado repitiéndose que no han sido ni la salud, ni el desánimo, ni el cansancio los que le presentaron la decisión. Fue su voluntad perforada por las ausencias y su sabia mirada que sabe que detrás de cualquier esquina puede asomar lo inevitable. Y a partir de aquel momento, Joan Manuel será para siempre quien “guarda tu recuerdo, como un regalo de Dios, en el libro de los sueños, entre un 'hola' y un 'adiós'”.