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Oriol Bohigas, un gran agitador cultural

Al igual que hizo con la arquitectura, abriendo Barcelona al mar, se esforzó por abrir Catalunya al mundo, pilotando algunas de sus instituciones culturales más importantes

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Oriol Bohigas, en su piso de la plaza Reial.

Oriol Bohigas, en su piso de la plaza Reial. / Julio Carbó

Como urbanista, Oriol Bohigas abrió Barcelona al mar, y lo hizo de forma decidida, al igual que Hausmann transformó París y Otto Wagner remodeló Viena. El resultado, elogiado por muchos y criticado por quienes subrayaron su espíritu de déspota ilustrado, poco atento a dialogar con la ciudad, no solo modificó el ‘skyline’ de la ciudad sino que la cambió para siempre. Bohigas intentó hacer lo mismo como agitador cultural. Se esforzó por abrir Catalunya al mundo, pilotando algunas de las instituciones culturales más importantes. Se involucró en ello a pesar de reconocer que Catalunya “es un país muy pequeño y escasamente autónomo dentro de un Estado que le es claramente hostil, tiene una tradición cultural muy escasa o, al menos, poco actualizada, no ha conseguido una industria para poner en marcha un sistema de investigación científica y técnica, y tiene una lengua propia muy minoritaria” (2003). Pese a ese escepticismo, fue el animador de muchas iniciativas que sacudieron el mundo de la cultura y de las ideas en Catalunya.

Hijo de un republicano novecentista asiduo del Ateneu Barcelonès que presidiría durante cerca de una década, y del Institut Escola de la República que marcó su formación liberal y su espíritu crítico, Oriol Bohigas fue un auténtico agitador cultural durante el tardo-franquismo, la Transición y la democracia. No irrumpió en el mundo de la cultura catalana mediante un desdoblamiento de su personalidad sino como consecuencia de su concepción de la ciudad, entendida como 'un evento cultural' que juega un papel central “en la gran aventura de la modernidad, de la vanguardia, de la creatividad, de la innovación, del inconformismo político”. Heredero, en cierto modo, del espíritu ilustrado de Lluís Domènech i Montaner y Josep Puig i Cadafalch, Bohigas no podía concebir la ciudad sin pensar el país, y así es como se involucró en aventuras culturales como la fundación de Edicions62, a mediados de los años 70, la presidencia de la Fundació Miró, a principios de los 80, o del Ateneu Barcelonès, a primeros de la década del 2000.

Inconformista lo fue hasta el final, cuando se fue a vivir a la plaza Reial, con la arquitecta Beth Galí, provocando a los amigos de la antigua ‘gauche divine’ que veían una ‘boutade’ de difícil sostenibilidad. Siempre irreverente –“la Sagrada Familia es una vergüenza mundial”–, destacó por su condición de polemista agudo y poco amante de las adscripciones políticas. Durante los años más oscuros del franquismo defendió la arquitectura moderna consciente de que era incompatible con la falta de democracia y libertad. Así fue como el censor calificó de rojo separatista uno de sus primeros artículos enviados a la revista ‘Destino’ sobre el Gatpac (1950). Nunca militó en ningún partido de la oposición antifranquista, pero no dudó en involucrarse en las causas democráticas colectivas. Como la fundación del Sindicat Democràtic de la Universitat de Barcelona (SDEUB), que le llevó a los calabozos de la Jefatura Superior de Policía, por donde volvería a pasar con motivo de un homenaje al doctor Rubió y de la detención de unos estudiantes de arquitectura.

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Oriol Bohigas había ganado las oposiciones a catedrático en 1971, pero no pudo desempeñar el cargo hasta la muerte del dictador por negarse a jurar los principios del Movimiento Nacional. Y pocos años después, en 1977, asumió la dirección de la Escola d’Arquitectura, un cargo que abandonaría al poco tiempo para aceptar la propuesta de delegado de urbanismo de Barcelona que le hizo el alcalde Narcís Serra. Su complicidad con Maragall le llevó a ser concejal en el Ayuntamiento de Barcelona, y a culminar su carrera de urbanista con la planificación de la Vila Olímpica y el diseño de la nueva fachada marítima, pero nunca dejó de participar en el debate de ideas, desde la Miró, como fundador de Edicions62 y como presidente del Ateneu Barcelonès, donde combinó una profunda reforma del edificio con el posicionamiento de la institución a favor de posiciones soberanistas que abrazó en las dos ultimas décadas de su dilatada biografía.

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