El desafío independentista Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Procesismo constitucionalista

El 'procés' sigue vivo y coleando porque ha conseguido no solo imponer sus reglas del juego sino también provocar un efecto espejo en su adversario que no hace sino retroalimentar una perversa dinámica de la que no escapamos.

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Los diputados del Parlament, en el hemiciclo.

Los diputados del Parlament, en el hemiciclo. / David Zorrakino (Europa Press)

El Manifiesto Constitucionalista promovido por destacados intelectuales catalanes y avalado por algunos políticos o expolíticos de la galaxia popular o ciudadana que primero se dio a conocer en Catalunya, se presentó al cabo de unos días en Madrid, seguramente donde busca obtener mayores aplausos y apoyos que los que ha recogido en Barcelona. Y no porque muchos catalanes no compartan una visión igualmente pesimista de la situación política, económica y social que se vive en Catalunya y en Barcelona, porque no sientan desazón por el desgaste y el descrédito de las instituciones por una patrimonialización inaceptable por parte del independentismo ni tengan una abominable visión de lo que ha supuesto el proceso soberanista, en particular de la ignominiosa ruptura de la legalidad de los días 6 y 7 de septiembre de 2017. Y ello se explica porque pudiéndose compartir el diagnóstico se puede discrepar respecto de la receta. Más bien se debe discrepar de la receta cuando esta no hace más que replicar algunos de los comportamientos y actitudes que se denuncian. 

Primera réplica. Al igual que el independentismo, el Manifiesto cuyo título es 'Es posible vencerles en las urnas' se sustenta en una falacia que tiene que ver con la aritmética. Así, si el independentismo mentía cuando decía que su demanda de referéndum contaba con el 80% de apoyos, los impulsores del manifiesto mienten cuando dicen que se les puede vencer en las urnas, más que nada porque los interpelados para articular una alternativa para hacerlo posible, PP y Ciudadanos, hoy por hoy, no superan el 10% de los votos y solo suman 9 escaños. Y así no se gana.  Y no se cuentan aquí a los socialistas o los comunes porque a pesar de que, en puridad, también pueden considerarse constitucionalistas, no lo son lo suficientemente bien y por tanto se les expulsa.

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Segunda réplica. No solo hay un enemigo exterior, los otros, en este caso los independentistas, sino también un enemigo interior. Algunos de los nuestros, que no son lo suficientemente buenos. Son los terceristas, los que vendrían a ser como unos 'botiflers' pero a la inversa. Pero incluso aunque esos traidores terceristas fuesen tenidos en cuenta y se impusiese así una lógica frentista como la que ha dominado la vida política catalana en los últimos años con fatales consecuencias, algo que es altamente improbable vista la enorme distancia ideológica entre ellos, seguiría sin sumar una mayoría. Y no sumaría porque por mucho que se quiera ignorar su presencia en las instituciones, Vox existe, tiene 11 escaños y es la cuarta fuerza en el Parlament; y sería necesario para cualquier mayoría alternativa al independentismo. Otra vez, como al independentismo, al constitucionalismo le falla la aritmética. 

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Tercera réplica. Pero incluso si así fuera y se uniesen todos contra el independentismo en una suerte de Junts pel No, se seguiría sin escapar al marco mental del 'procés'. Ese que adopta una lógica dicotómica y maniquea tan reduccionista como falsa que dice que Catalunya está dividida en dos bandos, el de los buenos y el de los malos. Porque Catalunya es más plural que eso y porque, en términos absolutos, ni hay buenos ni hay malos, hay diferentes definiciones del problema y de ahí las diferentes posturas. Y en términos relativos hay unos que erraron mucho, tanto que acabaron siendo detenidos, encarcelados, juzgados y sentenciados a muchos años de prisión aunque luego fueron indultados en aras de contribuir a mejorar la situación política catalana.

Si entendemos que el proceso fue un intento de conseguir unilateralmente la independencia, el proceso ha fracasado. Pero si entendemos que el proceso es una lógica de articulación de la competencia política, el proceso sigue vivo y coleando porque ha conseguido no solo imponer sus reglas del juego sino también provocar un efecto espejo en su adversario que no hace sino retroalimentar una perversa dinámica de la que no escapamos. Si se quiere superar el proceso hay que superar esa lógica. Esa que se basa en mayorías y no en consensos, esa que ve enemigos interiores y exteriores donde debería haber adversarios políticos y esa que divide a los catalanes en bandos de buenos y malos. Y el Manifiesto Constitucionalista no contribuye a ello sino que sigue cavando.