Los jueces que no amaban a las mujeres

“Si alguien da una paliza a su mujer, no significa que sea un criminal”, dijo el jurista

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Manifestación contra la violencia de género, este jueves en Madrid.

Manifestación contra la violencia de género, este jueves en Madrid. / REUTERS/Juan Medina

Sophie Toscan du Plantier, ciudadana francesa, asesinada en 1996 en Cork (Irlanda). Todos los indicios apuntaban a un sospechoso: Ian Bailey. Le habían visto aquella misma noche en las inmediaciones de casa de Sophie, no tenía coartada, había quemado su ropa a los dos días del asesinato, tenía marcas en las manos y la frente, comunicó a amigos que la víctima era francesa antes de que la policía hubiera hecho público el asesinato... Y como guinda del pastel, Ian le había pegado una paliza a su mujer que por poco la mata.

La policía le pasó un informe al juez. El juez consideró que no había suficientes pruebas para imputarle.

Años después su hijo intentó reabrir el caso. Aparecieron más pruebas, más testigos. El juez irlandés se negó a reabrir el caso y llegó a afirmar algo así como que "si un individuo le ha pegado una paliza a su mujer, eso necesariamente no quiere decir que sea un criminal".

El hijo de Sophie tenía una tenacidad a prueba de bomba y, sobre todo, contaba con recursos económicos. Llevó el caso a los tribunales franceses, que juzgaron a Bailey in absentia y le condenaron por unanimidad. Irlanda se negó a extraditar a Bailey, que sigue viviendo en el condado de Cork.

En 2002 aparece asesinada Déborah Fernández-Cervera. Dos investigaciones policiales diferentes –dos– apuntan a un sospechoso. Dicho sospechoso mantenía una relación con Déborah, no tenía coartada para la noche del crimen y un testigo declaró que se lo había encontrado en esas fechas y que el maletero de su coche desprendía un hedor como a cuerpo en descomposición. Déborah, que el día de su desaparición había comunicado a sus amigas que se iba a reunir con este hombre, había recibido amenazas de una persona cercana a él. Pero, inexplicablemente, tampoco hay juicio. En este caso además el sospechoso es un gran empresario y su familia era muy cercana al poder político de la ciudad.

No es el hijo el que lucha por reabrir el caso de Déborah, sino sus hermanos. Y no cuentan con recursos económicos, sino humanos. Varios abogados deciden trabajar pro bono en el caso Déborah y poco después denuncian negligencias en las investigaciones policiales, contradicciones en declaraciones realizadas por distintos testigos que no se cruzaron y pruebas que se pasaron por alto. Y llegan más recursos humanos: aparecen nuevos testigos e incluso se ofrecen peritos para colaborar gratuitamente. Se exhuma el cadáver y en las uñas de Déborah se descubren restos de ADN compatibles con los de una colcha que pertenecía al sospechoso. Pero la carrera de los Fernández-Cervera va contrarreloj: el caso prescribe en abril de 2022.

Por cada Deborah, por cada Sophie hay tantas mujeres...

Este mismo año, 2021, por ejemplo.

Florina, 19 años, asesinada en Albal. Carmen, 60 años, asesinada en su casa de Málaga. María Isabel, 44 años, en Albacete. Herminia, 96 años, en Calella. Yanina, 20 años, en Cembranos, Rosi, 29 años, en O Barco de Valdeorras...

Seis mujeres, seis asesinos libres. Solo en lo que llevamos de 2021.

Estas mujeres no tienen familiares que cuenten con los recursos de los familiares de Sophie y de Déborah. Quién sabe si sus casos se resolverán alguna vez.

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Rosa, la hermana de Déborah, tiene abierta una dirección de e-mail. Es: justiciaparadeborah@gmail.com

No podemos ayudar a todas. Pero, a veces, un caso es un símbolo, como una gota de agua contiene en sí todo el océano.