Barraca y tangana

El método Ronaldinho

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Ronaldinho, en un partido en su etapa con el Barça.

Ronaldinho, en un partido en su etapa con el Barça. / EFE

Lo que mejor se me da en la vida es fingir que sé de qué me están hablando, sobre todo cuando se trata de algo que la persona que me habla piensa que debería saber sin dudarlo. Ocurre que no me gusta decepcionar –por la culpa- y tampoco parecer decepcionado –por la vergüenza-. Por eso también manejo la variante de encajar una información desconocida y hacer como si ya la supiera de antes, por supuesto, sin inmutarme escuchando. Tengo una amplia experiencia en ello y puedo demostrarlo.

Pensemos en esa chica que conocías en un campamento o en un viaje de verano, o algo así, y la segunda vez que hablabas con ella ya estabas profundamente enamorado. Pensemos en ese momento rompecorazones, cuando en medio de una conversación cualquiera deslizaba con elegancia, como si nada, una referencia ligera pero definitiva a su novio, y tú hacías como si eso que había dicho no importara, aunque te acabara de clavar en el pecho una estaca. Tú mantenías la misma mueca y el mismo gesto, la misma sonrisita de pibardo, tú fingías una indiferencia táctica destinada a la derrota y al fracaso y hacías como si ya supieras, resumiendo, que esa chica tenía novio de antemano.

El arte de fingir saber

Se podría decir que yo en eso era un actorazo, en la asunción del fiasco. No me gusta decepcionar y me pasa todavía ahora, puede ser, cuando me hablan de una película que debería haber visto y no he visto, o de un grupo que debería haber escuchado y no he escuchado, o de un futbolista buenísimo que debería conocer y como mucho me suena de algo. Por si acaso digo sí a todo o si se tercia, no digo nada. Si me dicen que les gustó mucho mi novela, cuando yo no he escrito ninguna novela, disimulo sin objetarlo. Si me dicen que me leen en un periódico que ya no existe, y en el que antes trabajaba, doy las gracias y no añado nada. Si me dicen que aún puede ganar la Liga el Barça, con los brotes verdes y los merecimientos varios, asiento y recupero también la estaca en el corazón y la sonrisita estúpida de pibardo.

Empiezo a sospechar también que no soy el único que finge saber las cosas. La otra noche explicaron en la tele que Son, el futbolista del Levante, se llama así porque de pequeño lo llamaban Cabesón cuando jugaba en la plaza. Hasta ese momento yo pensaba que Son era un jugador extranjero, pero se ve que no. Lo conté a unos amigos y resulta que ya lo sabían, o eso dijeron, que igual no querían decepcionarme. Yo había leído también que detuvieron en Valencia a unos ladrones que empleaban en sus hurtos el llamado método Ronaldinho.

Columna timadora

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Por si alguien no lo sabe –y no le importa admitirlo- esta técnica consiste en empezar a hablar de fútbol a la víctima como maniobra de distracción para terminar robándole lo que sea. Es gracioso porque es exactamente lo mismo que llevo haciendo yo con esta columna timadora durante un montón de años, aprovechar la confusión con regates imaginarios, pero ese no es ahora el tema que estamos tratando. El tema es que también lo conté, lo del método Ronaldinho, y lo sabían, o eso dijeron. Seguro que todos sabían también que aquella chica ya tenía novio.

Entre todo eso y las veces que quiero decir sí pero me sale decir no sin poder evitarlo, y viceversa, ya no sé bien qué quiero ni quién soy ni si contarlo. No quiero decepcionar ni parecer decepcionado, eso nunca, y no quiero quitar la ilusión a nadie, eso tampoco, así que mejor parecer falto.

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