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El relato del doble fracaso de la inmersión lingüística

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Manifestación de las escuelas catalanas en defensa del sistema de inmersión, en Barcelona, en 2012.

Manifestación de las escuelas catalanas en defensa del sistema de inmersión, en Barcelona, en 2012. / JULIO CARBÓ

La historia reciente de las reclamaciones, sentencias y recursos contra la inmersión lingüística es el relato de un doble fracaso. Por un lado, cada vez que se produce un ataque (porque son eso, ataques: desde las intrusiones de los tribunales a las leyes decididamente combativas, como la LOMCE), hablamos de la necesidad de blindar la presencia del catalán como lengua vehicular. O bien nos hemos sentido indefensos ante el cerco o bien hemos confiado en la benevolencia de legislaciones menos agresivas, como la ley Celaá o, como ocurre ahora, en las garantías de que el Gobierno español de turno no intervendrá, como ha asegurado González-Cambray. Se blinda (un barco, una caja fuerte, un sistema de aprendizaje) cuando todavía no existen abordajes, robos o ataques. Después, ya es tarde.

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Por otro lado, la constatación reiterada del fracaso del Estado español en su definición plurinacional. No quieren serlo, nación de naciones, porque saben que no lo son. Y aquí, en el modelo de inmersión, ya no podemos hablar de cohesión social o de igualdad de oportunidades. Es triste reconocerlo: ya no se trata de una lucha por una sociedad más equilibrada; es un combate por la supervivencia de una cultura.