Del desmadre táctico al sentido común

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Ambiente en la supermanzana de Sant Antoni, a principios de marzo

Ambiente en la supermanzana de Sant Antoni, a principios de marzo / Álvaro Monge

El año 2020 fue muy extraño. A veces parece que no existió y otras que aún estamos en él. Atrapados, expandiéndose en el tiempo. Causó un cambio radical en nuestra consciencia. Aunque ahora nos quejemos de que la vieja anormalidad ha vuelto, no es del todo cierto. Habrá un antes y un después. En 2019 el turismo tiraba cohetes, record absoluto. Y eso que habían pronosticado que Colau se lo iba a cargar, sin embargo, durante su mandato no hizo más que aumentar. La economía iba bien, la ciudad sufría desequilibrios, pero se iban resolviendo. El batacazo del Covid lo dejó todo en 'stand-by'. De repente empezamos a mirarnos el ombligo, pero el de verdad, no el colectivo imaginario. Vimos la fragilidad del hombre frente al azar. Conocimos por fin a los vecinos de la escalera. Y al paki de la tienda de en frente. Y nos quedamos con el nombre del camarero que nos ponía el café en un vaso de plástico para llevar. Y comenzamos a usar las piernas para ir de un lado a otro. Y la bici. O cualquier cacharro.

Y vimos calles desiertas que nos conmovieron. Silencio, aire puro, pajaritos. Y los alcorques se desbordaron de vegetación salvaje. Y empezamos a preguntarnos por qué nuestras casas eran tan pequeñas, tan rígidas en su distribución, tan mal ventiladas, con pocas terrazas y balcones enanos. ¿Culpa de arquitectos mediocres y promotores avaros, o compras mal hechas? Empezamos a darnos cuenta de que un piso a menudo no puede llegar a ser un hogar. Y que además lo podemos perder fácilmente.

Tomamos consciencia de que el espacio público era vital. Que calles y plazas podían usarse para disfrutar y no solo transitar. Y de repente comenzamos a ver mazacotes amarillos protegiendo las esquinas. Y luego paralelepípedos pétreos en medio de las calles. Pintarrajeadas de colores chillones, por donde nos decían podíamos pasear. Y terrazas asilvestradas de bares invadiendo la calzada. Y se armó el follón del urbanismo táctico. Una buena ocasión para disparar contra la Colau. Eran proyectos feos, y esa señora debería saber que los barceloneses somos gente guay, estetas, y nos gusta lo estiloso. Pero ella iba al grano, a buscar soluciones urgentes, pasando del 'look'. Del Barcelona posa´t guapa al Barcelona posa’t sana. Cometieron un error al hacer intervenciones tan burdas. O quizás lo hicieron adrede, para polemizar y mostrar prioridades. Para que la gente comenzase a plantearse que el espacio público es suyo y tal vez pueda usarse de mejor manera. Otra ciudad no solo es posible, sino conveniente.

Se armó la gorda

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Creo que el año 2020 barcelonés pasará a la historia como un año bisagra en términos urbanísticos. Donde se inició una profunda grieta en el urbanismo convencional de nuestra generación y enraizó otra forma más integral de ver la ciudad. Un urbanismo regenerador, no 'erigidor'. Resuelto no por una supuesta mente preclara, sino por equipos donde tanto cuente la salud, como la piedra. Justo a finales de ese mismo 2020, se presentó el proyecto de las Superillas. La trasposición estratégica del tactismo ensayado con las dichosas Jersey. Y de nuevo se armó la gorda. ¿No querían urbanismo real?

Pero lo que ahora viene, parece irrefrenable. Muchos jóvenes no quieren tener coche. Mucha gente prefiere comprar en el barrio. En vez de crecer quieren mejorar. El problema de la vivienda debe afrontarse. Recordemos, con vergüenza, que algún año de la gloriosa era dorada barcelonesa no se llegó a construir ni una sola promoción de vivienda pública. Eso ya no podrá volver a pasar. Porque el cambio que ha visualizado la pandemia, es que la ciudad ha de solventar los retos medioambientales y sociales como preferencia, no atender grandes fastos. Pienso, que si además lo hiciese con un buen diseño, que siempre es más bello y económico, aún sería mucho mejor. Pero da igual, estamos vibrando con el 'zeitgeist' urbanístico del momento, que no tiene vuelta atrás. Año 2020, fue año 0 de una nueva conciencia urbana medioambiental y social que ya latía con fuerza. Un año donde Barcelona perdió población por primera vez en una década. Donde creció un 8% la gente de que decidió marcharse. Los que se queden, que se preparen para la desurbanización. Está en el aire, está en las consciencias.

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