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Cuba silenciada

La intimidación puede acallar protestas cuyo grado de apoyo popular es una incógnita. Pero su ejercicio basta para mostrar la decadencia de un régimen

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Agentes de seguridad cubanos vestidos de civil rodean la vivienda del activista Yunior García Aguilera, convocante de la marcha del 15 de noviembre, para impedir que salga o que hable con la prensa, en La Habana (Cuba).

Agentes de seguridad cubanos vestidos de civil rodean la vivienda del activista Yunior García Aguilera, convocante de la marcha del 15 de noviembre, para impedir que salga o que hable con la prensa, en La Habana (Cuba). / EFE

Las señales de agotamiento que el régimen cubano transmite desde hace décadas se tradujeron en julio pasado en varias jornadas de protesta. Las marchas y diversos gestos (colgar sábanas o lucir flores blancas en recuerdo del poema de José Martí) por el cambio político convocadas ayer por varios jóvenes disidentes reunidos en la plataforma Archipiélago podrían haber sido otra manifestación de la disconformidad de parte de la sociedad cubana. Pero las actuaciones de intimidación (confinamientos domiciliarios, advertencias, actos de repudio casero, cierre de calles, presencia policial disuasoria y detenciones) no permiten que se pueda evaluar el grado de apoyo a los convocantes. El uso de estos métodos sí supone, en cambio, una deslegitimización del régimen de cara al mundo.

Poco menos que extinta la generación de dirigentes que acompañaron a Fidel Castro en la victoria de 1959 sobre la dictadura de Fulgencio Batista, ha perdido toda vigencia la terminología revolucionaria para justificar la resistencia a pesar de todas las carencias imaginables. El Partido Comunista de Cuba (PCC) ha agotado la complicidad de la calle de la que disfrutó en el pasado y la presidencia de Miguel Díaz-Canel está lejos de contar con el prestigio que acompañó a los guerrilleros de Sierra Maestra durante décadas. La pandemia ha venido a agravar la dimensión de las penurias de una sociedad en la que falta de todo y en donde la reclamación de reformas ha dejado de ser una empresa reservada a una minoría activada por el exilio de Miami.

Lo que mueve a disidentes como el dramaturgo Yunior García, confinado en su casa, y el periodista Abraham Jiménez Enoa, implicados en la organización de la protesta, es rescatar de la decadencia a una sociedad condenada a sobrevivir con estrecheces permanentes y coaccionada para no debatir libremente cuál debe ser su futuro. Persiguen metas tan poco perturbadoras como una puesta al día para garantizar los derechos fundamentales, entre ellos el pluralismo político y la libertad de expresión. Pero un episodio lamentable como la retirada de las acreditaciones a varios periodistas en la isla es una prueba más de que el Gobierno de La Habana sigue transitando por una calle sin salida, inasequible a cualquier reforma.

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Resulta absurdo que el régimen cubano justifique la legitimidad de sus actos, las distintas formas de represión y control en vigor, en las sanciones impuestas por Estados Unidos hace 60 años, suavizadas por el presidente Barack Obama, endurecidas por Donald Trump y que Joe Biden mantiene. En realidad, lo que queda al descubierto detrás del acartonamiento del régimen cubano es el propósito del PCC de conservar el poder ilimitado y el control social del que disfruta, fruto de la aceptación de que gozó durante las primeras décadas del experimento revolucionario. Hoy tal entusiasmo se ha desvanecido, aunque las jóvenes generaciones apenas consigan hacerse oír. El silencio no es una prueba que el régimen pueda argüir en su defensa: no puede ser considerado sinónimo de asentimiento cuando se impone el miedo. 

Uno de los eslóganes más repetidos en las protestas de julio fue 'Patria y vida', tan radicalmente diferente a la castrista 'Patria o muerte'. Mantener hoy el mismo santo y seña de hace bastante más de medio siglo no deja de ser una muestra más de envejecimiento y decadencia en igual o parecida medida que lo es perseguir a la disidencia y poner trabas a la prensa extranjera.