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Una democracia se defiende con la memoria

No hay simetría posible entre los garantes de la democracia y los amotinados. La sublevación y la posterior dictadura solo merecen la condena rotunda de todos los demócratas

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Galería fotográfica con retratos de víctimas del Franquismo colocada a las puertas del Supremo para vindicar la memoria histórica

Galería fotográfica con retratos de víctimas del Franquismo colocada a las puertas del Supremo para vindicar la memoria histórica / AFP / DOMINIQUE FAGET

Hace unos días, el Ayuntamiento de San Fernando homenajeó a los 17 concejales de la corporación del 1936. Todos, sin excepción, fueron asesinados por el fascismo criminal que acabó con la Segunda República y con la democracia en España. Entre ellos, mi abuelo Eduardo Díaz. Todos ellos fueron arrestados y fusilados por los militares rebeldes sublevados.

Ya hace 85 años de ello. En julio del 36, un grupo de militares que había jurado proteger a España se levantó en armas contra esa misma España y su gente; lo que nos llevó a la etapa más negra y oscura de nuestra historia reciente, a 40 años de dictadura que eliminó de un plumazo los derechos y las libertades y que provocó miseria, muerte y dolor en cada rincón del país.

Hoy, nuestra democracia no es solo heredera de la transición, del proceso constituyente y de la voluntad del pueblo. Especialmente, lo es de la Segunda República y de esos hombres y mujeres que lo perdieron todo, incluso la vida, por defender la democracia y la libertad. Porque hay quien ahora pretende rescribir la historia y afirma que la guerra civil se explica porque unos querían democracia sin orden y otros orden sin democracia. Pues no. No hay simetría posible entre los garantes de la democracia y los amotinados. La sublevación y la posterior dictadura solo merecen la condena rotunda de todos los demócratas.

Y una democracia se defiende con la memoria. Porque el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Y porque si no hablamos de lo sucedido es como si no hubiese pasado. Y sí, terriblemente sucedió y tenemos la obligación de transmitirlo de generación en generación.

El homenaje en San Fernando es un acto de justicia y reparación y que debe abrir el camino a otros consistorios. A ellos los señalaron y los ejecutaron por ser trabajadores, progresistas, por representar al pueblo y porque suponían un peligro para sus planes de sometimiento. Fueron los primeros, pero después vinieron muchos más. Miles. Sin duda alguna, el franquismo mató metódica y planificadamente. No fue fruto del fervor ni del arrebato.

Además, pretendieron silenciar a los vencidos. Fue tanto el dolor que infringieron, que durante décadas no hemos sabido nada. En La Isla, como en tantos otros lugares, después de tantas atrocidades en tan poco tiempo, se impuso el silencio. Un silencio que ha impedido a las familias que conociéramos en detalle los acontecimientos y reconociéramos a los nuestros. Un silencio que hoy se combate arrojando luz sobre lo que verdaderamente pasó y sobre quién era quién. Ejerciendo el derecho a la memoria histórica, una política de Estado.

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La memoria democrática proporciona elementos para la reflexión y resarce el anhelo de reparación moral y emocional de las víctimas. Hablamos de dignificación y de justicia. Llegados a este punto, cualquier trabajo de investigación para poner negro sobre blanco será incompleto mientras las familias no encontremos los restos de nuestros seres queridos para poder darles el descanso que merecen. Apelamos a las autoridades competentes a acelerar los trabajos de exhumación de las fosas comunes. Y no, no estamos tratando de impedir la reconciliación ni de reabrir viejas heridas, sino todo lo contrario, de cerrarlas. Y ello no ocurrirá hasta que todos encontremos a los nuestros y el duelo no lo herede otra generación más.

Es de justicia resarcir la memoria de quienes lo perdieron todo, incluso la vida, por no claudicar ni doblegarse en ningún momento. Sus historias son historias de dignidad y su memoria nunca será borrada ni manchada por el franquismo y sus herederos. Orgullo, honor y memoria.