España vacía Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Ver el pueblo desde el tren

Carezco de experiencia vital rural y por eso me atraen los pueblos, son lo exótico, lo desconocido, lo misterioso

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Ver el pueblo desde el tren

Provengo de una larga estirpe de urbanitas, gente sin pueblo, sin raíces y sin apego. Nacimos y nos criamos en ciudades, y si algún antepasado excepcionalmente salió de una población pequeña, no transmitió ni memoria ni morriña de aquello. Carezco de experiencia vital rural, por no hacer, no he hecho ni camping, vamos que soy menos del monte que un semáforo. Por eso me atraen los pueblos, son lo exótico, lo desconocido, lo misterioso

El primer pueblo que tengo conciencia de haber visitado fue Navaconcejo, en Cáceres. Todo se me quedó grabado: el colchón de lana, el establo, los olores y los ruidos de los animales, el portón de madera, el zaguán, los pimientos secándose, el crepitar del fuego… por eso, cuando hace unos meses me invitaron a participar en unas jornadas en Soria en las que se hablaría de pueblos, acepté sin dudar.

Arrastrada por esa fascinación, trabajo en 'Tierra Baja', un guion de largometraje ubicado en eso que llaman la España vacía, en concreto en el Bajo Aragón, Teruel, y también he situado allí mi última novela, 'El cielo profundo'. Conocí esos parajes por Buñuel, que tan buena propaganda le hizo a su pueblo, Calanda, donde hoy se alberga el Centro Buñuel y regreso últimamente de la mano del director, Miguel Santesmases. Con el cine se conoce mundo.

 

Preparaba yo mi intervención en Presura 2021, la Feria Nacional para la repoblación de la España rural (es la quinta edición, cada año con más expositores, más actividades y mejores resultados) y caí en la cuenta de que, en el audiovisual patrio, tal vez por inercia, tal vez por razones económicas, la presencia de lo rural es infrecuente, a menos que sea para contar alguna historia truculenta de crímenes estilo Puerto Urraco o de tiempos pasados a lo 'Trinchera infinita'. Recordé que, en los últimos años, han sido sobre todo jóvenes directoras quienes nos han contado los pueblos modernos: 'Destello bravío', 'El cielo gira', 'Verano 1993', 'Ojos negros', 'Mi querida cofradía', 'La inocencia'… Las mujeres nos movemos bien en los márgenes del sistema, y el campo, como nosotras, está en esa periferia narrativa donde podemos organizarnos con nuestras propias reglas. 

En otros países europeos en cambio, en particular en el cine francés, historias contemporáneas muy diversas se ubican en el entorno rural. Posiblemente se deba a que en Francia el campo está mucho más densamente poblado, es un sector económico fuerte y decisivo, al que la ciudad no da la espalda. También ocurre que allí el campo, los pueblos, no están desprestigiados, ni tienen la mala prensa que aquí nos hace creer que en un pueblo vive el que no tiene más remedio. Por suerte, la pandemia ha demostrado a muchos que vivir en un pueblo, lejos de aglomeraciones, es lo más parecido al lujo, pero falta que la ficción cuente mejor y normalice la vida rural.

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Cuando me tocó intervenir, sin embargo, la conversación tomó derroteros muy distintos pues dialogaba con Luis Calderón, alcalde de Paredes de Nava, Palencia, gran conversador lleno de buenas ideas. Como es tendencia natural en mí, me sentí culpable de manera preventiva y arranqué mi intervención hablando de estereotipos y clichés: ¿cómo de mal lo hacemos los guionistas cuando situamos nuestras historias en los pueblos? El alcalde, que además de culto, es cortés, no quiso hundirme y me explicó que en su pueblo eso de la cultura lo tienen por la mano, porque allí nacieron Jorge Manrique en 1440 y Pedro Berruguete en 1430. Y me citó un fragmento de los diarios de Ortega y Gasset, en el que el gran pensador está subido en un tren camino al Norte y el convoy se detiene precisamente en Paredes de Nava. El bueno de Ortega anota en su cuaderno: “estos tejados de iglesias y hospicios, qué tristeza sin esperanza desprenden…”. ¡Toma prejuicio! ¡Toma cliché! ¡Y sin bajarse del tren! El alcalde se indignaba con razón. No es para menos. De las 'Bucólicas' de Virgilio a 'Los asquerosos' de Santiago Lorenzo, los intelectuales llevamos siglos opinando alegremente del campo.

Le propuse entonces convocar una reunión de guionistas que hiciesen vida de pueblo un par de días, lo que es bajarse del tren y catar el terreno. Le pareció muy bien. El único riesgo es que nos dé por quedarnos, le advertí. Los creadores, al fin y al cabo, no necesitamos más que espacio y tiempo para crear (y un jornal, como todo el mundo). En la feria quedó claro que a unos les falta lo que a otros les sobra. A poco que nos organicemos, no descartemos que los Berruguetes y Manriques de hoy surjan, otra vez, de un pueblo.