Noviembre Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El advenimiento de las naranjas

Me las mandan tan recién recolectadas que las frutas llegan ufanas, luciendo hojas verdes y tersas y oliendo a gloria. No se imaginan qué alegría cuando llegan las cajas

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Cajón con naranjas y frutas en un mercado de Madrid.

Cajón con naranjas y frutas en un mercado de Madrid. / David Castro

Hace unos días descubrí que las personas nos dividimos entre las que odian noviembre y las que lo amamos. Las primeras hablan de la falta de luz, del frío, de una especie de tristeza existencial que lo invade todo a partir de que cambiamos los relojes al horario invernal. Las segundas valoramos los colores otoñales, el final de los sofocos húmedos del verano —tan insoportable en la latitud que me toca habitar—, la querencia por las horas diurnas y por el calor del propio refugio. 

Igual todo se limita a una cuestión de tolerancia al frío. O puede que la memoria enrede la cuestión. Si noviembre te trató bien otras veces, etcétera. O puede que sea algo más existencial, el resultado de nuestra conformidad o no con la existencia, con el paso del tiempo, con el irremediable girar del mundo. Algunos se horrorizan solo de presentir la cercanía de la Navidad. ¿O es cuestión de rituales? Sacar la ropa de abrigo de los armarios, guardar la de playa, asar castañas en una chimenea, pasear bajo los árboles incendiados de color. Acaso noviembre sea también una cuestión de paisaje. Las rosas de otoño son tan famosas que hasta han merecido composiciones poéticas y textos dramáticos. Las de mi patio parece que aprovechan la última oportunidad de lucirse antes de la desnudez invernal. Me encantan esos mensajes que me mandan las plantas. Intento permanecer atenta, por si me dicen algo que no esperaba saber.

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Y luego están las naranjas. Noviembre también es el mes en que espero el advenimiento de las naranjas. Las compro desde hace años a una familia de València, los Serra, que tuvieron el buen ojo de montar su negocio de cítricos por internet. Me mantienen informada de los inicios de la recolección y de la variedad que corresponde a cada momento. Las más tempranas son las Navelinas, que deben de estar ya al caer. Este año la espera se me está haciendo larga. Los Serra, cuya empresa familiar se llama, con muy buen criterio, 'La mejor naranja', me las mandan tan recién recolectadas que las frutas llegan ufanas, luciendo hojas verdes y tersas y oliendo a gloria. No se imaginan qué alegría cuando llegan las cajas, cuando las abrimos, cuando las distribuimos en distintos recipientes para que estén aireadas. Y la alegría se multiplica por mucho cuando probamos el primer zumo de la temporada de las naranjas «de verdad». Nuestras naranjas no vienen del otro extremo del mundo, no llevan no se sabe cuánto tiempo en una cámara frigorífica, han madurado en el árbol donde nacieron. Los jóvenes de la casa no quieren otras.

Me gusta saber cuándo nacen las naranjas, me gusta conocer los ritmos del mundo, me gusta formar parte de ellos. Me encanta imaginar que cada naranja es algo así como un resumen del verano que quedó atrás. Creo que todo eso es para mí noviembre, también. Sentarme en algún lugar que me guste y comerme a gajos una naranja dulce y jugosa pensando en lo que pasó y lo que está por venir. Es como comerse a gajos la vida. Y les aseguro que este noviembre lo valoro más, mucho más que nunca