Dramas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Los ricos también lloran

La ficción contemporánea ha detectado que, hoy, el lujo no es una opción como fantasía escapista

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Cartel de ’Spencer’

Cartel de ’Spencer’

No es nada nuevo. El sufrimiento de los ricos ha sido siempre motor de ficciones de todo tipo, del melodrama de época más sofisticado al culebrón televisivo más zafio. También lo han sido, por supuesto, la despreocupación y la alegría de las vidas sin estrecheces económicas, el atractivo del lujo, la posibilidad de cumplir los sueños cuando llegar a final de mes no es, ni de lejos, algo que inquiete a los personajes. Sin embargo, ¿es posible que los tiempos determinen cómo nos acercamos a esas historias? ¿Es posible que determinen cómo son (y cómo nos acercamos a ellas) las series y películas en las que las casas son de lujo, las ropas son carísimas, las profesiones parecen inventadas y los personajes viajan todo el rato? Coinciden en el tiempo varias propuestas, todas muy distintas, en las que los personajes sufren mucho, muchísimo, por todas las razones del mundo menos por no llegar a fin de mes. El año pasado llegó 'La voz humana' de Pedro Almodóvar, corto en el que Tilda Swinton le llora al desamor vestida de alta costura y rodeada de objetos caros. Este año se han estrenado dos series extraordinarias sobre crisis de pareja: 'Secretos de un matrimonio' y la tercera temporada de 'Master of None'. En ellas los personajes lo pasan muy mal, pero lo hacen al abrigo de casas increíbles y nunca por cuestiones de precariedad. Tampoco pasan penurias económicas los protagonistas de otras dos series fundamentales de este año, propuestas de una naturaleza más lúdica. Una es 'The White Lotus', sátira afilada –y puro Twitter– de los ricos (y la diferencia de clases) explicada a partir de los huéspedes de un resort de lujo. La otra es 'Succession', serie que va por su tercera temporada y ha convertido la batalla familiar por la herencia de un imperio mediático en un culebrón colosal. Y en nada se estrenan otras dos películas cuyas historias están trágicamente marcadas por la riqueza: 'Spencer', en la que Pablo Larrain aborda la desdicha de la princesa Diana, y 'La Casa Gucci', el drama criminal de Ridley Scott sobre la tremenda historia familiar que hay detrás de la famosa firma de lujo.

Es bastante evidente que, en este momento (y quizá señalando como punto de partida el éxito mundial de 'Parásitos' de Bong Joon Ho), ni buscamos ni encontramos consuelo en el relato de la vida de los ricos. La ficción contemporánea ha detectado que, hoy, el lujo no es una opción como fantasía escapista. Por razones obvias, porque la combinación de precariedad y enfado le quitan a cualquiera las ganas de ver cómo otros disfrutan de su opulencia, abundan las ficciones en las que los ricos también lloran. Abundan las ficciones en las que, al servicio de nuestro alivio, esos ricos, además de llorar, son personas despreciables. Y abundan las ficciones que nos invitan directamente a descargar nuestra indignación sobre esos personajes mezquinos. Unas son mejores que otras, pero todas cumplen una doble función interesante. Por un lado, sirven de catarsis y consuelo. Por otro, intentan (en la medida de lo posible) trascender el tema y el argumento para pensar la condición humana.

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