Revolucionarios por la libertad Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Peligro de catequesis

Lo más llamativo de la corriente de opinión que se muestra alérgica a cualquier norma es que se han invertido los papeles; porque antes era la derecha la que dictaba reglamentos sociales o morales

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Isabel Díaz Ayuso.

Isabel Díaz Ayuso. / EFE / Emilio Naranjo

“A mí, donde me pongan un chuletón al punto... eso es imbatible”. El pasado mes de julio, Pedro Sánchez pareció dejar a los pies de los caballos a su ministro de Consumo, que había sugerido reducir la ingesta de carne para mejorar nuestra salud y proteger el medio ambiente. Pero dos días después Alberto Garzón sobrevivió a una crisis de Gobierno que se cobró cabezas mucho más cotizadas.

Ahora vuelve a reivindicar su papel de Pepito Grillo con el anuncio de prohibir en horario infantil la publicidad de los alimentos insanos que millones de niños españoles consumen a mansalva. Y se repite la historia: esta iniciativa pensada para mitigar un problema tan serio como el sobrepeso y la obesidad en edades tempranas, ha generado una contraofensiva en la que se invoca la libertad individual como valor supremo ante cualquier atisbo de injerencia.

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Está claro que tenemos un problema. Ya no es solo que los ganaderos pusieran a parir a Alberto Garzón o que el sector de la bollería industrial se haya rebotado también contra él; esas son reacciones comprensibles cuando alguien se siente amenazado. No, yo hablo de otra cosa: de una corriente de opinión cada vez más potente que se muestra alérgica a la norma; a cualquier norma. Y lo más llamativo es que con esa corriente se han invertido los papeles; porque antes solía ser la derecha la encargada de dictar reglamentos sociales o morales, pero ese incómodo papel lo ha asumido la izquierda desde hace tiempo. El discurso que denuncia una supuesta “dictadura progre” o que abomina de lo políticamente correcto va captando cada día más adeptos.

Sí, ya sé que es el discurso de Vox, o el de Trump, o el de Ayuso, con su infame tuit de: “Drogas, sí; dulces, no”. Pero les funciona; y las elecciones de Madrid son la prueba del nueve. Si no cambia algo, los progresistas de este país acabarán identificados como sacerdotes de una nueva catequesis y los más conservadores del lugar, como revolucionarios por la libertad. Vivir para ver.