Un año después

Trump sigue en la brecha

La negativa del expresidente a retirarse, sus aspiraciones a retornar a la Casa Blanca y su control de los republicanos mantienen EEUU tan dividido como lo dejó

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El expresidente de EEUU, Donald Trump, en un acto político el pasado 3 de julio en Sarasota, Florida.

El expresidente de EEUU, Donald Trump, en un acto político el pasado 3 de julio en Sarasota, Florida.

Un año después de perder la presidencia, Donald Trump está lejos de haberse marchado a casa y Joe Biden está asimismo lejos de haber conservado los índices de popularidad con los que entró en la Casa Blanca. El expresidente se mantiene como la primera referencia ideológica y de futuro del Partido Republicano, cuyo funcionamiento interno controla sin apenas oposición, mientras que su sucesor debe enfrentar los problemas derivados de la resistencia de una parte del Partido Demócrata a secundar el programa neokeynesiano de políticas públicas –infraestructuras, sanidad, parque escolar– y de dinamización de la economía. El resultado momentáneo de esa doble realidad transmite la imagen de una sociedad tan dividida como la que dejó Trump, condenada a un enfrentamiento sin tregua entre dos versiones radicalmente diferentes de la sociedad estadounidense y del papel de Estados Unidos en el mundo.

Aun así, la estrategia de Biden como reformista moderado ha tenido un perfil menos radical del pronosticado en cuanto atañe a la disputa con China por la hegemonía. Si el presidente ha sido bastante determinante en el combate contra la pandemia, aunque con magros resultados en la campaña de vacunación, y en su implicación en la lucha contra la crisis climática, apenas se ha percibido un cambio de planteamiento en la competencia de Washington con Pekín. Sin duda es menos notorio el desinterés por preservar las relaciones con los aliados europeos, pero el desafío chino a la preeminencia de Estados Unidos todo lo condiciona.

A decir verdad, mientras Trump se mantiene en sus posiciones de siempre, espoleado por una base electoral cuyo entusiasmo no decae, ni siquiera ante espectáculos bochornosos como el asalto al Congreso del 6 de enero, por la sumisión republicana y por la docilidad del Tribunal Supremo, de mayoría conservadora, Biden se ha visto en la necesidad de revisar sobre la marcha su programa –algo equiparable a un nuevo New Deal– para tranquilizar a muchos congresistas demócratas que justo dentro de un año se jugarán el escaño en las elecciones de mitad de mandato. El temor de estos es que la prédica 'trumpista' gane adeptos a poco que una parte de la clase media no afectada por la crisis económica estime demasiado lesivos los planes económicos de Biden.

Nunca antes en la historia de Estados Unidos ha tenido un expresidente tanta influencia después de abandonar la Casa Blanca. Muchos se han mantenido como referencias morales o políticas después de su mandato, pero su retirada les ha desactivado como movilizadores determinantes, pero Trump sigue sin reconocer su derrota y no piensa ni por asomo en la jubilación. Antes bien, mantiene abierta la puerta a presentarse en las presidenciales de 2024, cuando tendrá 78 años, la edad que ahora tiene Biden. El desafío para este último es formidable porque si ha tenido dificultades no menores para hacer realidad sus propósitos a pesar de disponer de mayoría en la Cámara de Representantes y contar –al menos formalmente– con la mitad del Senado, cabe preguntarse cuál puede ser su situación dentro de un año si los republicanos recuperan la mayoría en ambas cámaras. Porque sin ser insólito un presidente en minoría, sí lo sería el clima de hostilidad sin tregua que ha arraigado en la brega política, de la que se han esfumado las iniciativas bipartidistas, una vieja tradición estadounidense.