Castañas y murciélagos Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

'Castanyoween'

Espantemos nuestro miedo a la muerte conviviendo con ella unas horas; medio en broma, medio en serio

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'Castanyoween'

No soy de las que eligen entre 'castanyada' o Halloween. Por mí, la fiesta podría llamarse 'Castanyoween' o 'Hallotanyada'. Me gustan ambos, porque soy mujer de rituales y porque tan ritual es celebrar la llegada del otoño comiendo frutos de temporada como festejar la presencia de los muertos entre los vivos decorando la puerta de tu casa con fantasmas, murciélagos y calabazas.

Este año he comprado una zombi de plástico y la he colgado en la puerta. Mis hijos adolescentes y yo hemos convenido en llamarla Pili. Pili tiene el pelo largo desgreñado —así a lo niña de la película 'The Ring'—, lleva un camisón —o lo que sea— de satén negro y tiene manos de esqueleto. Al pulsar un interruptor que Pili tiene en la nuca, su cara pálida se enciende en tonalidades que van del violeta al verde, pasando por un rojo-sangre cautivador. También emite una especie de aullido diminuto, como si Pili temiera molestar o fuera una zombi tímida. 

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Para hacer compañía a Pili hemos comprado una guirnalda de fantasmas luminosos y una serie de adhesivos que figuran murciélagos de varios tamaños, una mansión herrumbrosa y una bruja con su escoba. El elenco no está mal. Espero que llamen a nuestra puerta muchos niños y niñas en busca de golosinas, porque tengo un cajón lleno esperando su llegada.

También me gusta la costumbre mexicana de llevar comida a los muertos y degustarla en el cementerio con toda la familia aunque esta, y lo siento, no la practico. Preparar el plato favorito de alguien que no está pero sigue bien presente en la memoria es, me parece, un hermoso modo de recordarle. Recordarle por algo bueno de todo lo que compartimos con él. Recordar comiendo: he aquí otro rito universal, que se repite en todas partes y en todas las épocas.

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Celebrémoslo todo. Celebremos que el otoño sigue siendo otoño, en la época que toca, con los productos que tocan. Celebremos que aún no han llegado ninguno de los apocalipsis que nos anuncian. Que las castañas asadas nos calienten las manos, como en la infancia, como en la infancia de nuestros padres, pero también el alma. Que los boniatos y los panellets endulzan los recién estrenados días cortos y las nuevas noches largas. Que la alegría se perpetúacomo todos los años alrededor de una mesa, con la gente de siempre, la gente que justifica los rituales y las celebraciones. Y la vida misma.

Y luego, conectemos a Pili y esperemos la llegada de los niños del barrio. Dejemos que los adolescentes de la casa repartan dientes de caramelo y galletas con forma de murciélago a todo el que llame a nuestra puerta. Espantemos nuestro miedo a la muerte conviviendo con ella unas horas; medio en broma, medio en serio, prestándole la mucha atención que merece, pero siempre en el terreno del ritual, de la fiesta. Es decir, siempre bajo control. Porque de vez en cuando es necesario recordar ciertas cosas: que el tiempo pasa, que la muerte acecha. Las castañas y las calabazas son el realidad dos símbolos de algunas de las cosas más serias que nos ocurren.