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Un mal inicio

La única reforma laboral posible estará cargada de matices y cesiones mutuas

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Las vicepresidentas Yolanda Díaz y Nadia Calviño

Las vicepresidentas Yolanda Díaz y Nadia Calviño / Eduardo Parra / Europa Press

La reforma del mercado de trabajo incide directamente en el mayor de nuestros males: la escasa creación de trabajo estable y bien remunerado. Sin duda, esta carencia es consecuencia de múltiples factores, más allá de la estricta reglamentación laboral, pero la inminente reforma, saliendo de la pandemia y coincidiendo en un momento de transformación productiva, es una gran oportunidad para avanzar hacia ese mayor y mejor empleo que tanto necesitamos.

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En los próximos meses, la primera demanda patronal será la flexibilidad, entendida como la capacidad de adecuarse a caídas en el nivel de actividad. El empresario necesita certeza de los tiempos y formas para reducir plantilla cuando las circunstancias lo exigen. Por su parte, para los sindicatos la prioridad es reducir la precariedad y conducir los abusos en prácticas como la externalización. Con certidumbre, los empresarios contratarán en mayor medida en tiempos de bonanza y, a su vez, la estabilidad en el empleo facilitará la capacitación laboral necesaria para avanzar hacia una economía de mayor valor añadido. 

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Este es el sentido de una reforma en cuyos grandes trazos coinciden partidos, agentes sociales y la Unión Europea. A partir de esta voluntad común, a medida que se entre en el detalle emergerán las diferencias entre unos y otros, especialmente en cuestiones como, por ejemplo, el ámbito de los convenios. Cuestiones complejas que imposibilitan soluciones sencillas con que contentar a todos. La única reforma posible estará cargada de matices y cesiones mutuas. En este contexto, y sin la mínima voluntad de pacto entre los grandes partidos, la negociación empieza de la peor manera posible, con un enfrentamiento en el propio seno del Gobierno y planteando la reforma en base a una disyuntiva tan simplona como contraproducente: derogación o no de la ley del PP. Lo que está en juego para millones de ciudadanos es demasiado importante como para situarnos en un escenario de blanco o negro, que a nada conduce.