Entidades sociales Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Liberar las energías de la sociedad

No solo hacen faltan mejores gobiernos y un sector público robusto, también el tejido social

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BANC D’ALIMENTS. Más de 100.000 hogares dependen del Gran Recapte.

BANC D’ALIMENTS. Más de 100.000 hogares dependen del Gran Recapte. / RICARD CUGAT

La crisis de la pandemia del covid ha enterrado por una buena temporada, en los países democráticos y avanzados, la idea aquella de que el Gobierno no era la solución a nuestros problemas sino nuestro problema. El esfuerzo descomunal para evitar el cierre de empresas y la destrucción de puestos de trabajo y la obtención de vacunas en un tiempo récord y su masiva distribución han sido un éxito indiscutible del papel gubernamental en la economía y la sociedad. Sin el apoyo de los gobiernos, con una política fiscal expansiva y masiva y la colaboración estrecha con el sector privado en materia de vacunas, las consecuencias de la pandemia hubieran sido todavía más terribles en términos sociales y sanitarios. Sí, los gobiernos son una parte esencial e imprescindible para afrontar nuestros problemas. Dejemos de demonizar a los gobiernos y las administraciones con aquello del '¿Piove? Porco Governo' y pongámonos las pilas para modernizar de una vez nuestro sector público y hacerlo más eficaz, eficiente, útil y próximo. Los Fondos Europeos son una buena oportunidad, que también demandará que las reformas aplazadas eternamente sobre el acceso y el mantenimiento de la función pública se pongan al día. Desde este punto de vista, la jubilación en marcha de los 'boomers' es también otra oportunidad que hay que tener la audacia de saber aprovechar.

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Pero también la crisis del covid ha puesto de manifiesto, de nuevo, que la sociedad existe, que no solo hay hombres y mujeres y familias, como afirmaba Thatcher. Y es que sin el vínculo que nos une como miembros de una misma comunidad en base a valores y culturas cívicas compartidas y sin las estructuras intermedias que hay entre los individuos y las administraciones, que conforman la sociedad civil organizada, los países tampoco hubieran podido afrontar la pandemia y sus consecuencias. La inmensa mayoría de los ciudadanos tuvo un comportamiento altamente responsable durante las etapas más duras de los confinamientos, las solidaridades y los mecanismos de ayuda mutua funcionaron, surgieron iniciativas de todo tipo para proveernos de respiradores y mascarillas y los aplausos de las ocho de la tarde nos hacían sentirnos miembros de una misma comunidad, que afrontaba colectivamente su destino. En Catalunya, el Tercer Sector Social fue fundamental en la atención de los colectivos más frágiles y vulnerables durante aquellas dantescas semanas de la primavera de 2020.

Ahora es también el momento de la sociedad civil organizada. No solo nos hacen falta mejores gobiernos y un sector público robustos sino que necesitamos liberar energías para facilitar el crecimiento y el fortalecimiento de la sociedad civil organizada. El reto es mayúsculo en un país como Catalunya en el que, y a pesar de una secular tradición, en los últimos tiempos ha parecido que el papel de la sociedad civil y la iniciativa privada y social han sido puestas en cuestión. Tenemos mucho trabajo pendiente. Por ejemplo, en la necesidad de superar el cuestionamiento de los modelos de colaboración público-privada en la prestación de determinados servicios públicos, en busca de la creación de más valor público, recuperando la idea de Joan Subirats de que aquello público no es solo aquello que hacen las administraciones. O en el impulso de una legislación que permita una decisiva política de apoyo al mecenazgo, similar a la de los países de nuestro entorno más avanzado. O con menos intervencionismo y regulación en determinados ámbitos, que más que proteger, amparar y ampliar los derechos y libertades de los ciudadanos, los empequeñecen.

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Y es que el capital social, que es un ingrediente imprescindible para generar la confianza recíproca entre ciudadanos que hace que la democracia esté bien engrasada y funcione de manera adecuada, tiene que ver fundamentalmente con la existencia de un denso e intenso tejido social. Fundaciones, asociaciones, mutuas, mutualidades, cooperativas, ateneos, ‘esplais’, ‘caus’, voluntariado… En todos los ámbitos son más necesarias que nunca.

Afrontamos notables desafíos desde antes de la pandemia. El deterioro de la democracia por la vía de la polarización política, el incremento de las desigualdades sociales y los fallos en la movilidad social, la emergencia climática que nos amenaza, las disrupciones tecnológicas de todo orden, la mayor diversidad y complejidad de nuestras sociedades… pide también más sociedad civil organizada, que genere más confianza social, más conciencia cívica y más mecanismos de ayuda mutua en la dirección de la mejor tradición catalana.