Destitución anunciada

El anunciado adiós de Koeman

La salida del entrenador holandés activa el cambio que necesitaba el club y que puede despertar la ambición y la ilusión perdidas en el barcelonismo

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Ronald Koeman.

Ronald Koeman. / JORDI COTRINA

La situación ya era insostenible desde hace meses, pero la derrota en Vallecas, un espectáculo deprimente para el aficionado, acabó con la carrera de Ronald Koeman como entrenador del Barça. En septiembre, consciente de su endeblez y mientras los rumores de su cese se iban extendiendo, habló de «reconstrucción», aunque el mismo técnico protagonizó poco después un amago de despedida a la prensa, a primeros de octubre. Al día siguiente, en la previa del decisivo partido contra el Atlético de Madrid, recibió un sorpresivo respaldo de Laporta que ya se contemplaba como el último aviso a una trayectoria deportiva mediocre en la que no solo los resultados sino también el juego sumían al barcelonismo en un notable desapego futbolístico. Las derrotas ante Madrid y Rayo y, especialmente, la imagen de un equipo sin norte, han derivado en una destitución anunciada, que quizás no se produjo antes porque el club estaba más pendiente de reflotar la crítica situación institucional y porque el estado de las finanzas aconsejaba mantener al holandés en el banquillo. El cese ha sido fulminante (el entrenador se despidió de la plantilla en el vuelo de retorno a Barcelona) y ahora se abre un compás de espera –con el nombramiento de Sergi Barjuán como míster provisional– que finalizará muy probablemente con la llegada de Xavi Hernández. Tanto el finiquito millonario de Koeman como la cláusula de rescisión y el fichaje del por ahora entrenador del Al-Saad de Qatar incrementarán el déficit económico monumental del Barça, pero a nivel deportivo era diáfana la necesidad imperiosa de un cambio en una temporada en la que el Barça deambula por la Liga sin rumbo y está en la cuerda floja de la Champions.

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Es cierto que Koeman, con el único logro de una Copa del Rey, se ha encontrado con dificultades enormes, que ha tenido que hacer frente a múltiples lesiones, a una plantilla descompensada y, por supuesto, a la salida de Messi, y también lo es que, en determinados momentos de zozobra, aportó al Barça dosis de sensatez institucional, pero su figura ha quedado marcada por un presente de fútbol lamentable y por la sensación que la misma plantilla, con otros criterios futbolísticos, con otra mentalidad, sería capaz, al menos, de ser competitiva. Aquí es donde aparece la esperanza blanca de los culés. Un Xavi que no deja de ser una incógnita por su poca experiencia y que no era en principio del agrado de un Laporta que se ha rendido a la evidencia. Otro símbolo culé en el banquillo, que, a partir de mediados de noviembre, si las negociaciones prosperan, deberá reconducir deportivamente un club que ha tocado fondo en múltiples aspectos y que espera el maná que llega del desierto en pleno desierto de resultados, ambiciones e ilusiones, con una afición que necesita urgentemente volver a apasionarse con los blaugranas.