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Ada Colau, durante el pleno municipal de julio pasado.

Ada Colau, durante el pleno municipal de julio pasado. / ACN / BLANCA BLAY

Algunos sectores de Barcelona no aceptaron ni entendieron que Ada Colau, la activista, se convirtiera en alcaldesa de la ciudad. No supieron (o quisieron) verlo venir, y no quisieron (o supieron) adaptarse a ello. Su ceguera quedó expuesta de forma casi impúdica en la contienda electoral del 2019, cuando hubo quien consideró una buena idea presentar a un exprimer ministro francés a calzón quitado como candidato de cierto establishment bajo la bandera de Ciutadans, un lote de lo más completo. El resto es historia para las facultades de Políticas, incluido ese cliffhanger perverso para los promotores de la jugada maestra que fue que Colau acabara repitiendo como alcaldesa gracias justamente al puñado de concejales de esa fracasada operación política. 

Tras seis años como alcaldesa, las críticas sobre Colau se recrudecen con una melodía que ya resulta familiar: Barcelona no tiene proyecto, la alcaldesa no gobierna para todos los barceloneses, el ayuntamiento es dogmático y no dialoga, la ciudad está perdiendo los trenes del futuro.

De indepe a 'botiflera'

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Hace tiempo que la alcaldesa y su equipo más cercano transmiten cierta mentalidad de búnker. Ser Colau es vivir en la incomodidad: para la derecha y la izquierda tradicional, es una radical de extrema izquierda; para sus antiguos compañeros de pancarta ya es establishment; para los independentistas es botiflera, la ungida por Manuel Valls; para los contrarios a la independencia, en el fondo es una indepe más. Hay cola para jugar a ser el más anticolauista, y la alcaldesa ha recibido muchos ataques infundados, mal argumentados, desproporcionados y personales. Enrocarse es una reacción humana, esas lágrimas en la fiesta mayor de Gràcia actuaron como cemento para el búnker.Ser criticada injustamente aunque sea a menudo no convierte en injusta toda crítica. No todas las que recibe Colau obedecen a un anticolauismo ciego que solo busca verla desaparecer de la plaza de Sant Jaume. No son anticolauistas radicales los vecinos de Sant Andreu que protestaron contra el sistema de recogida de basuras, ni muchos de los que aborrecen de la fealdad del urbanismo táctico. Quien critica las dificultades premeditadas erigidas a la movilidad en coche no siempre es un negacionista de la emergencia climática ni un palanganero del universo posconvergente ni un fan de Javier Marías. Hay barceloneses genuinamente incómodos en su ciudad, enfadados por el devenir diario y preocupados por el futuro, a medio y a largo plazo.

El cofoisme barcelonés empalaga, y poco proyecto de futuro de la ciudad se levantará intentando repetir el espíritu del pasqual-maragallismo y de 1992. Aquello pasó, y su balance es de sobras conocido. La Barcelona del 2021 afronta retos propios de esta era, y necesita acuerdos, herramientas, políticas, estrategias y liderazgos propios de su tiempo. Si Colau quiere ser esta líder, bien haría en frenar la tentación del búnker y del dogma y recuperar el espíritu que sus adversarios nunca entendieron que fue lo que la llevó a la alcaldía: escuchar de forma genuina a los ciudadanos. Pero no solo a los suyos, sino a los que les duele su ciudad, que no todos son socios del Cercle. 

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