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Avisos a Colau

La alcaldesa no se ha acercado a la mayoría de los barceloneses que no la votaron. No ha traspasado la frontera de sus electores

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Ada Colau, durante el pleno municipal de julio pasado.

Ada Colau, durante el pleno municipal de julio pasado. / ACN / BLANCA BLAY

La reciente nota del Cercle d'Economia y gran cantidad de informaciones indican que Barcelona está saliendo de la crisis del coronavirus en un estado de ánimo de insatisfacción, queja y cierta depresión. Y muchas veces la crítica se dirige directamente a la alcaldesa. Sin embargo, la encuesta de servicios municipales dice que la gestión del ayuntamiento es aprobada por un 70% y que la satisfacción por vivir en la ciudad obtiene una nota alta, 7,5 sobre 10. Aunque, curioso, un 28% dice que, si pudiera, abandonaría la ciudad.

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¿Qué pasa realmente en Barcelona? Colau fue elegida en 2015 tras ganar las elecciones con 11 concejales (sobre 41) y tras haber dirigido hasta poco antes la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Fue una candidatura nacida de la amplia y justificada protesta social contra la larga crisis iniciada en 2008. En 2019 volvió a ser alcaldesa, con el apoyo del PSC (y de Manuel Valls) pese a haber sido superada en votos por ERC.

Quizá el principal problema de Colau es que, pese a su alianza con el PSC, la visión de la ciudad de sus concejales sigue dominada por la protesta anticapitalista de 2015. En 1979, primeras elecciones municipales, Narcís Serra, relevado en el 82 por Pasqual Maragall, fue elegido por ser el candidato de izquierdas más votado con un programa muy crítico con la especulación urbanística de la era Porcioles. Pero Serra y Maragall supieron lanzar proyectos de ciudad (JJOO del 92, bicapitalidad de Barcelona) que, independientemente de su éxito o fracaso, traspasaban la frontera de sus electores y unían a Barcelona. Colau no ha sabido, o no ha querido, encabezar un proyecto amplio de ciudad, sino que se ha encasillado en la protesta social. Tras siete años de gobierno el desgaste la está afectando, y quienes no simpatizaban con ella (sus resultados estuvieron más lejos de la mayoría que los de los alcaldes socialistas y el propio Xavier Trias) alzan la voz.

Decir que Colau encarna la Barcelona del ‘no’ es, sin duda, excesivo. Pero ahí están su recelo hacia los JJOO del 2030 y su oposición a la ampliación del aeropuerto. Y en las causas positivas que ha abrazado (la transición ecológica o la pacificación del tráfico) ha predominado más el tic de altiva suficiencia, de quienes creen tener el monopolio de la ciencia y el progreso, que el conveniente y humilde esfuerzo didáctico al que obligan asuntos complejos que rompen con costumbres arraigadas.

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El rechazo del Eixample a los bloques de hormigón –levantados aprovechando la pandemia– puede ser tildado de egoísta reacción de clases medias acomodadas, pero lo cierto es que atravesarlo es un infierno a muchas horas y que la circulación (aunque el ayuntamiento ha dividido la pregunta) es uno de los problemas que los ciudadanos citan como principales. Y el malhumor de los vecinos de barrios populares como Sant Andreu contra las normas impuestas de forma precipitada sobre la recogida selectiva de basuras indica que el malestar no es monopolio de las calles con más poder adquisitivo.

El malestar –que Colau debe tener en cuenta si aspira a un tercer mandato– tiene su origen en la escasa voluntad de representar a todos los barceloneses, en la suficiencia con la que se arbitran medidas, a veces acertadas pero discutibles, y en un balance mediocre en temas urgentes como el acceso a la vivienda. El apoyo del PSC la ha fortalecido en el consistorio, pero Colau se ha acercado poco a los ciudadanos que no la votaron, que son la mayoría. Ahora, los avisos le están llegando.