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‘Barcelovers’ en acción

Open House Barcelona es una inmejorable ocasión para reavivar el orgullo y el amor de los barceloneses por su ciudad

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Vista de Barcelona con la Torre Agbar en el centro, uno de los edificios abiertos al público en esta edición del Open House.

Vista de Barcelona con la Torre Agbar en el centro, uno de los edificios abiertos al público en esta edición del Open House. / Jordi Cotrina

Madrid ha creado España pero Catalunya ha creado Barcelona. Es por ello que la pregunta sobre cuál es la mejor obra de los catalanes solo tiene una respuesta: Barcelona, todo el genio y los genios que esta todavía espléndida ciudad ha parido y proyectado. Esto no habría sido posible sin el tamaño, es decir la desmesura en relación a la densidad humana, las fuerzas y la capacidad previsible de dotarse, además de una capital, de un artefacto que brilla con luz propia.

Así como el orgullo languidece sin acciones de mérito que lo alimenten, el amor no es tal si no entra en acción. De ahí la expansión creciente de Open House Barcelona, una iniciativa privada que pone en valor el patrimonio arquitectónico y lleva a la práctica el tan bonito sueño según el cual “mi casa es vuestra casa si es que hay casas de alguien”. El certamen cuenta con múltiples ramificaciones, aunque su columna vertebral consiste en la oportunidad, a menudo irrepetible, de admirar el interior de obras singulares que de otro modo permanecerían recluidas, escondidas detrás de la fachada que nunca dejan de ofrecer. En su ya casi medio centenaria historia el Open acumula cerca de 500.000 visitas. Ahí es nada. Amor inconmensurable de los barceloneses y de muchos que lo quisieran ser por la ciudad y sus mejores edificios.

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A diferencia de la mayoría de capitales europeas, que son expresión de la verticalidad y la jerarquización del poder, Barcelona ha sido poseída desde siempre, desde antes incluso de que Fiveller exigiera al Rey que pagara impuestos como ciudadano, por una irrevocable vocación de horizontalidad. Tanto hay de aquí allí como de allí aquí. El conjunto más diverso y exquisito de edificios modernistas se asienta sobre la cuadrícula más racional y regular de todas las tramas urbanas imaginables. Este contraste proviene de un carácter y confiere más carácter. Quizá no todo el mundo es consciente de ello, pero la oposición de contrarios en armonía palpita en el inconsciente de los que habitan Barcelona y se apodera de quienes la visitan. Rosa de fuego para siempre, imaginación desbocada, aspiración permanente a la superación de unos límites que la quisieran estrecha, universalidad como meta, no como colofón. Quizá pocos colectivos como el de sus arquitectos, y los que tuvieron y mantienen la osadía de no recortarles la creatividad, han contribuido tanto a justificar con obras el orgullo y el amor de los barceloneses por su ciudad.

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Open House Barcelona es una inmejorable ocasión para reavivarlo. En momentos de confusión y desorientación como los del presente, no bastan eslóganes como el de ‘Barcelona es imparable’, tras el que se fragua un movimiento más político, o antipolítico, que ciudadano. La ciudad, su legado, las palpitaciones del presente, incluidas las dudas, no son patrimonio de los gobernantes sino de quienes día a día la construyen. Todos necesitamos más que nunca antídotos potentes contra la peor de las epidemias, el pesimismo colectivo.

Por eso es tan importante, mucho más que en tiempos más propensos a la autocomplacencia, constatar que no todos los intangibles son vaporosos, etéreos e indeterminados. Porque la personalidad y la estética de los edificios, la obra de los arquitectos, se puede casi palpar, porque no transmite tan solo un momento de emoción que luego se difumina como la música sino que se mantiene en pie, invita, desafía, empuja, propone y nos hace partícipes. A todos, pero aún más a los que quieren participar. Resulta imposible responder a la llamada del Open House Barcelona y no contagiarse, como buen ‘barcelover’ en acción, del entusiasmo colectivo que ha hecho Barcelona. Basta apuntarse para contagiarse.

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