Aniversario del fin de la violencia de ETA Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

De hoy en 10 años

Que estemos mejor que hace dos lustros no significa que debamos darnos por satisfechos o renunciar a resultados aún más ambiciosos

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Pintada en apoyo a los presos de ETA en Plentzia, Vizcaya.

Pintada en apoyo a los presos de ETA en Plentzia, Vizcaya. / José Luis Roca

Si hace dos lustros, a todos los que asistimos al anuncio del fin de ETA y su violencia asesina nos hubieran asegurado que hoy íbamos a estar como estamos, discutiendo si existe o no la ecuación de presos por Presupuestos, o analizando si resulta sincero por parte de la izquierda aberzale el reconocimiento del dolor causado, lo habríamos firmado todos sin dudar; incluso estos que ya avisaban entonces de que el Estado se rendía ante los terroristas. Esta sencilla reflexión debería haber bastado para zanjar cualquier polémica respecto a este aniversario y dedicarnos a celebrarlo y plantearnos con honestidad cómo podemos hacerlo para estar mejor de hoy en 10 años.

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A la clásica pregunta que la política recomienda plantear de inicio para evaluar cualquier proceso: si estamos mejor o peor que antes, la respuesta incuestionable es que estamos mucho mejor. Eso es obvio, dirán algunos. Y lo es, ahora; pero no lo era hace 10 años. Por eso deberíamos haberlo celebrado con la decencia y la generosidad que merece semejante éxito colectivo.

Que estemos mejor no significa que debamos darnos por satisfechos o renunciar a resultados aún más ambiciosos. Pero debería bastar para que los intentos de retrasar o detener el reloj del fin del terrorismo fueran recibidos con el reproche social que merecen. Decía Jorge Luis Borges que no hablaba de venganza ni perdones porque el olvido es la única venganza y el único perdón. Un pensamiento revolucionario en esta España donde siempre sobra gente diciéndole a los demás a quién tienen que pedir perdón y cuánto perdón han de demandar.

Pocas cosas más fáciles que escarbar momentos en los cuales Arnaldo Otegi haya tenido o tenga que explicar a sus bases pasos que seguramente no acaban de entender y usarlos como contradictor de sí mismo. No menos sencillo resulta preguntarle a Pablo Casado si miente él cuando afirmaba en el Congreso, este mismo 20 de octubre de 2021, que Zapatero cedió ante ETA, o mentía Mariano Rajoy cuando proclamó, en octubre de 2011, que el anuncio etarra era una gran noticia porque se había logrado “sin ningún tipo de concesión política”. Cualquier idiota puede hacer estos trucos, carecen de magia alguna. La pregunta es para qué nos van a servir y a dónde conducen exactamente. La respuesta una vez más resulta obvia, hoy y hace 10 años: a la melancolía de aquello que desearíamos tener.   

Pedir perdón carece de valor político porque no le corresponde a la política concederlo. El perdón es un derecho de las víctimas y solo a ellas, a cada una de ellas, corresponde administrarlo. Nadie debería hacerlo en su nombre. Lo único que realmente posee valor político es hacer aquello que se promete, dejar de decir y hacer esas cosas que mantienen a las víctimas en la dolorosa condición de tales. No solo se puede, sino que se debe exigir a Otegi y a toda la izquierda aberzale que pasen de las palabras a la empatía de los hechos. De anuncios, pasos y frases para la exégesis ya vamos servidos. No podemos esperar otros 10 años para ver si dan otro paso.

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La izquierda española también haría bien en dejar de aceptar el cínico marco moral que impone la derecha, sin reparo ético alguno para distinguir entre las víctimas que merecen respeto porque secundan su agenda, las buenas, y aquellas que no, las malas, las víctimas del Alvia, del metro de València o del 11-M. No hay nada más inmoral que tratar de apropiarse del dolor de alguien y administrarlo en su nombre. No plantar cara a semejante ignominia resulta imperdonable.

A la derecha conviene decirle alto y claro que no puede seguir usando el terrorismo como recurso partidista porque ni siquiera es bueno para ellos. Tampoco puede seguir tratando de apropiarse de las víctimas porque resulta siniestramente inmoral. Usar el terrorismo para sacar rédito partidista genera dependencia porque lo hace todo mucho más fácil. Desde una superioridad moral que se atribuye uno mismo solo vale lo que tú digas, cuando tú lo digas y como tú lo digas porque todos los demás o son asesinos o son cómplices. Una vez que se prueba algo así engancha como una droga. Desengancharse es una tarea difícil y necesitan toda la ayuda que podamos darles.