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Sánchez y las paralelas

Quiere imagen socialdemócrata, mantener el Gobierno “frankenstein” y el apoyo de ERC a los presupuestos. Puede ser demasiado

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Sánchez, durante el 40º Congreso del PSOE.

Sánchez, durante el 40º Congreso del PSOE.

El congreso del PSOE ha oficializado lo que el nuevo Gobierno de julio ya permitió intuir. Pedro Sánchez, que para erigirse en el nuevo líder socialista optó por plantar cara al “viejo PSOE”, el que apoyó a Susana Díaz en las primarias de 2017, da ahora marcha atrás. Y exalta la unidad. 

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Para que el PSOE no fuera superado por Podemos y evitar la ‘pasokizacion’, dio entonces un giro a la izquierda y marcó distancias con Felipe González y Pérez Rubalcaba. Ahora, tras las dos elecciones de 2019, casi dos años de gobierno con Podemos y de ser investido con la abstención de ERC, lo que pretende es entroncar con el PSOE de siempre, el de Felipe González y Rodríguez Zapatero que –le sirve el precedente– también fueron muy atacados y descalificados por la derecha.

Y así afirma, alto y fuerte, que el PSOE es la socialdemocracia de siempre, la alternativa seria a la derecha en toda Europa. Por eso la gran presencia de Felipe –el que resucitó al PSOE, hundido con la Segunda República, con la ayuda de Willy Brandt– y el homenaje a Pérez Rubalcaba, que siempre desconfió de Sánchez. Quiere así guarecerse en lo que Salvador Illa califica de “modesto momentum” socialdemócrata tras la victoria de Sholtz en Alemania y el retorno de los socialdemócratas en Escandinavia.

Y no son solo palabras. Por la puerta por la que salió Iván Redondo acaba de entrar Antonio Hernando, que fue su mano derecha hasta la ruptura de finales de 2016, cuando Hernando hizo caso al “viejo PSOE” y –abstención mediante– permitió la investidura de Rajoy.

¿Por qué tantas reconciliaciones? La polarización contra la derecha le ayudó a llegar a la Moncloa, pero ha generado serios inconvenientes. Gobernar siempre desgasta, y aunque la vacunación y los ertes han permitido salvar la crisis del coronavirus sin que España se hundiera, gobernar con la pandemia, con una derecha volcada en su contra y con el conflicto de Catalunya aplacado (los indultos), pero lejos de ser resuelto, todavía desgasta más.

Y tras las elecciones de Madrid –catástrofe de Iglesias y del PSOE y triunfo del PP ‘trumpista’ de Isabel Ayuso– el horizonte ha cambiado. Ahora las encuestas detectan un empate entre la derecha (con Vox fuerte) y la izquierda más los nacionalismos. Y una mayoría PP-Vox es algo que no se puede descartar.

Frente a ello Sánchez necesita, además de ganar el voto verde preocupado por el cambio climático, recuperar la centralidad política, la que permitió las victorias de Felipe y valora la socialdemocracia europea.

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Sánchez intenta que dos líneas paralelas puedan llegar a confluir. Quiere una imagen de socialdemócrata solvente, que lime sus aristas y le dé transversalidad y, al mismo tiempo, para mantenerse en el poder y aprobar los presupuestos de 2022, necesita la coalición con Podemos y los votos de ERC. El domingo habló de acabar con la reforma laboral de Rajoy y el lunes en la ‘Ser’ de actualizar el mercado laboral. ¿Son la misma cosa? Con ERC hay intereses comunes porque ambos quieren estabilizar sus gobiernos, pero Junqueras alza la voz y parece querer elevar el precio de sus votos.  

Alguien dice que Sánchez desea dar todas las batallas y ganarlas todas. Ahora quiere la solvencia socialdemócrata, mantener el gobierno que Rubalcaba calificó de “frankenstein” y el voto de ERC a los presupuestos. Puede ser demasiado. Además, los presupuestos se basan en un fuerte crecimiento del 7% en 2022, que el FMI rebaja al 6,4%, y que tampoco está garantizado. ¿Se pueden ganar siempre todas las batallas?