Debate de ciudad Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Barcelona y la capitalidad

Buena parte de los mejor formados de la economía global suspiran por vivir en Barcelona, pero esto no basta, ni de lejos

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Vista aérea del Eixample.

Vista aérea del Eixample. / AJUNTAMENT DE BCN

Uno de los síntomas más claros de la merma del orgullo y la autoconfianza de Barcelona es la nostalgia creciente de Pasqual Maragall. La figura del alcalde olímpico se vuelve cada vez más presente, regreso inesperado de una sombra que se abate sobre nuestro tiempo pero que ya no puede proyectar la ciudad hacia nuevos retos. Lo debemos hacer nosotros, los que todavía estamos, los que suben. Y no seremos capaces si no recuperamos el núcleo central de su idea de ciudad: la capitalidad. Las oportunidades, la influencia, el poder de la capitalidad. Para conseguir incrementarla no dudó en aliarse con quien fuera, empezando por Samaranch, que escaló primero con prudencia por las jerarquías del franquismo y se ganó a continuación la confianza de los jerarcas de la URSS, la clave para escalar a la cima del COI. Jugada maestra de dos contrarios. La Transición de España está plagada de claroscuros. En la proyección de Barcelona solo había fulgor. Pero ya no nos deslumbra.

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Desde que Ada Colau dijo aquello tan feo, tan insensato, tan a la contra de toda la historia de la Barcelona, sobre la capitalidad de Madrid, la idea de la capitalidad, es decir de la suma de capitalidades que convierten a una ciudad en faro, nos ha desaparecido del mapa mental y emocional. Quien la recupere de manera creíble tendrá la llave del gobierno municipal. Mientras tanto, vivimos del renombre adquirido, de las inercias de aquellos formidables impulsos ‘maragallianos’, de los atractivos consolidados de Barcelona, no tanto de la voluntad o de los programas para convocar talento como de la imantación que lo absorbe. Como un hecho a la vez natural y sobrenatural, buena parte de los mejor formados de la economía global suspiran por vivir en Barcelona. Pero esto no basta, ni de lejos. Sin ambición, sin proyección, sin capitalidad, los costes son demasiado elevados.

Por eso sobran las reticencias y se echan de menos parabienes para iniciativas que aún son de capitalidad barcelonesa como ahora, en los últimos días, el resplandor mediático del premio Planeta o el lanzamiento de ‘El Periódico de España’.