Medidas ecológicas

El cambio climático nunca es urgente

Cuando la pandemia ya está controlada, volvemos a las andadas y combaten las medidas ecológicas tachándolas de "ideológicas"

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El cambio climático nunca es urgente

Cuando estábamos confinados nos hacíamos grandes juramentos: todo esto debe servir para aprender a vivir de otra manera, la globalización es insostenible, debemos consumir y viajar menos, aprenderemos a vivir de otra manera. Y cuando la pandemia, a falta de los últimos flecos, ya está controlada, resulta que volvemos a las andadas como si nada hubiera sucedido. Algunos datos aparentemente sin ninguna relación lo corroboran. Hace pocos días, se retomó la actividad de los cruceros en Palamós, donde una comitiva de autoridades celebró la llegada de 600 cruceristas al estilo 'Bienvenido Mr. Marshall'. En Barcelona, los atascos diarios han puesto encima de la mesa que el uso del coche está ya un 7% por encima del 2019. El turismo todavía no está en máximos, pero según el sector se espera que se alcance la plena normalidad en la Semana Santa del 2022. Por no hablar del esquizofrénico debate sobre la ampliación del aeropuerto del Prat, como si nada hubiera sucedido, como si los que piden intentar aprovechar antes las infraestructuras que ya existen o simplemente invertir antes en transporte público fueran unos 'hippies' locos y trasnochados que lo único que quieren es frenar el progreso.

En Barcelona, el Ayuntamiento tiene que aguantar una lluvia diaria de artículos, tertulias y 'lobbies' indignados con cada carril bici que se inaugura, y ya se empieza a teorizar que los atascos son culpa de las medidas para reducir la circulación de coches. Por no hablar de la demonización muy bien planificada de los patinetes y de las bicis por los mismos que nada dicen de las muertes, contaminación e incivismo causados por los coches de siempre. Fíjense bien el estado de opinión que algunos quieren crear artificialmente: se trata de imponer la idea que Barcelona está en decadencia y combatir las medidas ecológicas que estos mismos tachan de "ideológicas". ¡Pues claro que son ideológicas! ¿O acaso no es "ideológico" abogar por la ampliación del aeropuerto, defender que la calle de Aragó siga siendo una autopista o promover los cruceros? Incluso hay los que ya, con la careta quitada, quieren ridiculizar la estupenda iniciativa de los padres y niños que van a la escuela en bicicleta en medio del Eixample: si lo vieran en Dinamarca o Massachussets (las dos utopías a las que teníamos que imitar no hace tantos años), entonces seguro que les encantaría. Detrás de estas campañas hay a veces una burda e indisimulada intención electoral de recuperar el poder perdido, pero lo interesante es lo que subyace de fondo: una resistencia enfermiza a cualquier cambio que suponga una mínima evolución al estilo de vida basado en el binomio gasolina-turismo que ha imperado en las últimas décadas. De hecho, hasta hace muy poco el mismo neoliberalismo que teorizaba sobre el crecimiento infinito y decía aquello de "cuanto menos Estado, mejor", negaba sin pudor el cambio climático (al estilo de los antivacunas), como si fuera una conspiración de cuatro progres comprados.

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Al menos en algo hemos avanzado: estos negacionistas al menos se esconden ahora bajo la cama ante la evidencia científica del desastre. Hace unos días, la ONU, consciente de la grave situación, pedía a los países desarrollados que fijen el año 2035 como el límite para fabricar combustibles fósiles, pero lo cierto es que con el cambio climático el patrón siempre se repite: se trata de ir aplazando la fecha 'sine die'. Es decir, si hay un problema, que lo afronte la siguiente generación. Quizás ha llegado el momento de que lo importante pase a ser lo urgente.