Bono cultural Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Regalo de cumpleaños

No quiero disimular la envidia que me provocan. Pienso en lo que hubiera podido hacer con semejante cantidad, cuatrocientos euros (su equivalente en pesetas, 'of course'), a mediados de los sesenta del siglo pasado

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión plenaria de la cumbre UE-Balcanes Occidentales en Brdo pri Kranju, en Kranj, Eslovenia, este 6 de octubre de 2021. En vídeo: Sánchez anuncia un bono cultural de 400 euros para jóvenes al cumplir 18 años. / FOTO: EFE / VÍDEO: EFE

Son jóvenes. Les conozco. Ella está en los diecisiete y a él le faltan solo tres meses para cumplir dieciocho. Son pareja. Y entre los dos suman hasta ochocientos euros. Esa es la cantidad, a cuatrocientos por cabeza, que esperan recibir del Estado el año que viene, cuando ambos lleguen a los dieciocho y alcancen con ello la mayoría de edad. Un regalo de cumpleaños en forma de bono cultural cuyo anuncio avanzado (hasta que no se aprueben los Presupuestos Generales no conoceremos los detalles de su aplicación) está desencadenando un largo repertorio de opiniones. Añado yo, aquí y ahora, una cuenta más al rosario.

Por suerte, a ellos les da igual. A ellos no les afecta. Los jóvenes pasan de controversia y se abrazan entusiasmados a esa promesa de futuro. Algunos se entretienen ya, entre clase y clase, haciendo listas de lo más deseado: estos libros, aquel disco, cuatro veces al teatro, seis películas… Anotan, de momento, solo lo imprescindible y dejan hueco en el papel para aquellas novedades que puedan aparecer, de aquí a entonces. La impaciencia les consume. De tanto querer acaparar, de tanto donde escoger, de tanto fantasear con aquel nuevo objeto de deseo que les obligará a mover puestos en la lista, los hay que bordean caminos cercanos a la ansiedad. Vuelve la excitación de la carta a los Reyes. Y, agotados, se obligan a la templanza como quien se obliga a masticar lento y beber sin atragantarse. 

Afortunados ellos, a los que no puedo sino felicitar por el acierto en el año de nacimiento. No quiero, tampoco, disimular la envidia que me provocan. Pienso en lo que yo hubiera podido hacer con semejante cantidad, cuatrocientos euros (su equivalente en pesetas, 'of course') a mediados de los sesenta del siglo pasado. Cuántas tardes de teatro, cuánto cine de sesión continua, cuántas horas removiendo libros usados en los tenderetes del final de la Rambla, a la derecha, a tocar de las Drassanes. 

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Está claro que considero un acierto la medida del Gobierno. Y que no comparto la idea de la solapada compra de votos que denuncian algunos (muchos). Pensar que un chaval de dieciocho años va a decidir el color de su papeleta en base a este regalo es no conocer a los jóvenes. Y es, en cualquier caso, subestimar su inteligencia. Bien es cierto que creo que la medida no debería limitarse al frio y fácil gesto de un puntual ingreso bancario. No es solo el dinero lo que marca la distancia entre juventud y cultura. Es cuestión, también, de educación. De seducción. De atracción. Tiene que ver (y mucho) con el enamoramiento. Tiene que ver con el entorno, la curiosidad, el ejemplo, la búsqueda de respuestas, el darle sentido a las cosas. Es fundamental, pues, acompañar el regalo con una responsable y definitiva política cultural a largo plazo. Hay que eliminar, de una vez por todas, la costumbre del parche de urgencia. Del bocata para hoy y la gazuza para mañana. Hay que apostar, estimular, concienciar. Hay que creer. Y hay, además, que convencer.