Viajeros en lugares conflictivos Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Turistas del horror

Dentro de un tiempo, ese cráter que es aniquilamiento será riqueza, un nuevo y potente atractivo para La Palma, y será entonces cuando los beneficios que emanen del turismo deban ser administrados de una forma colectiva

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Una foto en blanco y negro del incendio en el Parc Natural del Montgrí en el verano del 2021.

Una foto en blanco y negro del incendio en el Parc Natural del Montgrí en el verano del 2021. / Pau Arenós

A finales de julio, hubo un incendio en el Parc Natural del Montgrí, entre L’Escala y Torroella: quedaron carbonizadas 91 hectáreas, que son muchas si se calcula en campos de fútbol, que por alguna razón es la unidad periodística de medida, aunque ni repajolera de qué representa, y pocas si se mide en áreas de megalópolis como Ciudad de México o Tokio.

Sea como fuere, un solo árbol abatido por llamas con responsabilidad humana, accidental o malparidamente, es un árbol por el que afligirse, y reflexionar. Al poco, con los caminos ya abiertos, pasamos en bicicleta por en medio de la devastación, con algo de ceniza en el ambiente y una sucesión de negros y de ocres, de los grises a los marrones forzados, y la ausencia de verdes, y la ausencia de vida.

Nosotros, en el camino, que no había servido de cortafuegos pero señalaba con claridad la frontera entre tierra e infierno; y, a los lados, la escoria, sustantivo aplicable a los hombres incendiarios –¿hay muchas mujeres pirómanas?–.

Hice fotos y pensé en lo pedagógico que estaba siendo el circuito porque alojados, aunque fuera de paso, en la destrucción –que también raspaba en la garganta– era posible hacerse a la idea de lo que significaba un incendio, aunque tardía y reposadamente porque no había llamas ni peligro ni alta temperatura –más allá del bochorno agosteño– ni podía replicar el empeño y arrojo de los bomberos, que habían estado aquí cuando era rojo y amarillo.

¿Era recomendable 'museizar' el espacio, dejarlo tal cual para recibir visitas, a grupos de escolares y a cualquiera con sensibilidad medioambiental, que deberíamos ser todos y abanderarla siempre y no solo tenerla a ratos y vagamente? Sentir la negrura para desear el verdemar.

Pensé en un parque de los horrores humanos, un Park Desventura con atracciones pavorosas, con florestas abrasadas, campos de emigrantes climáticos, poblaciones costeras arrasadas por la subida de los mares, localidades arrancadas por huracanes sucesivos según el nuevo contador de ciclones frecuentes y violentos

La cabeza se me fue, tal vez por la concentración de combustible, y pensé en un parque de los horrores humanos, un Park Desventura con atracciones pavorosas, con florestas abrasadas, campos de emigrantes climáticos, poblaciones costeras arrasadas por la subida de los mares, localidades arrancadas por huracanes sucesivos según el nuevo contador de ciclones frecuentes y violentos. Después pensé que ya existía, de alguna manera, y eran los campos de concentración accesibles en Alemania y Polonia o el sarcófago del reactor 4, cual faraón del mal, de Chernóbil y la silenciada ciudad de Pripyat.

Tengo una actitud ambivalente hacia esos sitios puesto que entiendo de su presencia abierta al público, sobre todo, los campos de exterminio, asfixiante recordatorio de que el demonio somos nosotros, aunque me resulta difícil comprender las motivaciones de los turistas para ir. “Sueño con viajar a Auschwitz” y “de este verano no pasa que visite Chernóbil”, una aspiración a lo Benidorm radioactivo.

¿Actitud morbosa del que se presenta allí o respeto y homenaje a las víctimas y responsabilidad histórica? Agencias rusas de turismo ofrecían paquetes para meter las botas en la Siria en guerra. Es distinto, lo sé.

He escrito turismo y desplazo el artículo a la isla de la Palma y al volcán incesante. A diferencia de lo contado hasta ahora, con responsabilidades humanas por la depredación del planeta, la colada fluye de manera natural, si bien podríamos hacer un alto para mencionar por qué se construye donde se construye.

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Hablaron algunas autoridades, oh, del bonito fenómeno y de su atractivo turístico y, con razón las apedrearon, imaginariamente, con piroclastos. Cuando cientos de personas lo han perdido todo, TODO, cuando el aire está contaminado, cuando los terremotos se suceden, cuando ignoramos si el volcán seguirá abriendo bocas, referirse a la plácida contemplación y al daiquiri en una mano es una obscenidad. Querer ir mientras haya gente que quiera irse demuestra insensibilidad y desapego de lo humano.

Dentro de un tiempo, ese cráter que es aniquilamiento será riqueza, un nuevo y potente atractivo para La Palma, y será entonces cuando los beneficios que emanen del turismo deban ser administrados de una forma colectiva, con especial destino para los que lo han perdido todo, TODO. Pero no va a ser hoy, ni mañana, así que pensar en buenas vistas del volcán y póngame-otra-cervecita-y-unas aceitunas es indecente e innoble.