Festival de Sitges Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

En otros mundos

He vivido el apocalipsis, he cazado lobos y brujas, he sentido pánico de la oscuridad, he matado veganos y he soñado que me devoraba un zombi. Y he sido feliz junto a todos ellos, lejos de todo, frente al idílico mar

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Personas haciendo cola para entrar al Festival de Sitges 2021.

Personas haciendo cola para entrar al Festival de Sitges 2021.

He tenido la suerte de pasar diez días fuera del mundo. Durante este tiempo -que se me ha hecho corto- no he sabido nada de las subidas del precio de la luz (por tanto, no me he cabreado), ni tampoco del enésimo peor día del volcán de La Palma (y no he sufrido), ni de la que se lio el doce de octubre en un desfile que no me interesa (pero que sigo cada año, y siempre me indigno), ni de ninguna otra cosa que haya pasado en el mundo real. De la concesión del Premio Nobel de Literatura me enteré en un ascensor y aún no sé deletrear el nombre del autor tanzano sobre quien ha recaído. De todo lo demás, ni idea.

¿La razón? He pasado los últimos diez días en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, una experiencia recomendable para cualquiera, pero muy terapéutica para aquellos quienes, como yo, necesiten como sea una desconexión de la realidad y todas sus pesadillas. Aquí hay pesadillas también, pero son ficticias, ordenadas, bien interpretadas, celebradas y aplaudidas. Nunca he conocido un lugar donde la gente parezca tan feliz y sea al mismo tiempo tan políticamente incorrecta. El público de Sitges aplaude cuando en la pantalla se produce una masacre o un acto de crueldad extrema. Aplauden también -y mucho, y con mucho entusiasmo- cuando King Kong derriba un avión frente al perfil de la ciudad, en la carátula que sirve de presentación a las películas. Aplauden a los directores, a los productores, a los actores, a las plataformas donde se exhibirán las 'pelis' una vez se estrenen de forma oficial. Ah. Y aúllan. Este año aúllan porque el hombre lobo es uno de los 'leit motivs' de la programación. El espectáculo en Sitges empieza antes de las proyecciones. Y contagia alegría y ganas de pasarlo bien. ¿Conocen muchos sitios donde ocurra lo mismo?

También he tenido ocasión de escuchar muchas conversaciones ajenas (uno de mis entretenimientos favoritos). En Sitges no se habla de lo que dicen las noticias, sino de lo verosímil que era el comportamiento del zombi, de lo mal que encaja Manolo Escobar con una escena de muerte en la ducha a lo Hitchock o de qué demonios quería decir el director con ese final. Hay críticos de cine en todos los rincones, hordas de entusiastas sin complejos que lucen la camiseta de 'El día de la bestia' con el mismo orgullo con que otros llevan la de su equipo del alma. Y 'friquis'. Muchos 'friquis', entre los que, con orgullo, me cuento.

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Así que ya ven. Me he codeado con vampiros, bestias pringosas, domadores de insectos, niños y niñas satánicos, viejas que vuelven de la muerte, mutiladores de manos, fantasmas enamorados y cuñadas carniceras. He vivido el apocalipsis, he cazado lobos y brujas, he sentido pánico de la oscuridad, he matado veganos y he soñado que me devoraba un zombi. Y he sido feliz junto a todos ellos, lejos de todo, frente al idílico mar y el deslumbrante sol de Sitges. De verdad que dan ganas de quedarse para siempre. O de volver el año que viene, y al otro y al otro. Dan ganas de que el mundo se apague y el festival continúe hasta nuevo aviso.