Editorial Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

De la emergencia a la cautela

La relajación de las restricciones en Catalunya significa que el covid está bajo control, pero la pandemia aún no ha acabado y no deben olvidarse las prevenciones

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Preparativos en la sala Luz de Gas para reabrir, este viernes.

Preparativos en la sala Luz de Gas para reabrir, este viernes. / Ferran Sendra

En palabras del ‘president’ de la Generalitat, este viernes Catalunya dio «un paso de gigante» en el retorno a la normalidad prepandémica. En atención a los datos positivos de los parámetros (la velocidad de transmisión del virus, el riesgo de rebrote o el número de contagios) y al descenso del número de personas ingresadas en las ucis (por debajo de 100), puede afirmarse que el covid-19 está bajo control. Sin proclamar el fin definitivo de la crisis sanitaria, económica y social que hemos vivido desde marzo de 2020, lo cierto es que la decisión de eliminar la mayoría de restricciones vigentes hasta hoy es algo más que una luz al final del túnel. Hace un año, la situación volvía a ser crítica y estábamos a punto de entrar en una vorágine de oleadas que han remitido básicamente gracias a la vacunación masiva. Un 82% de los catalanes mayores de 12 años disponen de la pauta completa (un 73% de la población en general), un dato decisivo que ha provocado este punto y aparte, después de 19 meses de restricciones, con cerca de un millón de infectados y casi 24.000 defunciones.  

Con algunas excepciones (como la del ocio nocturno o los conciertos y festivales en locales cerrados, con un aforo del 70% y pasaporte covid; o como las competiciones deportivas en pabellones, con el 80%), la nueva reglamentación, regulada por el Procicat, establece el 100% en la mayoría de actividades, desde las universidades a los espectáculos, desde las tiendas y bares o restaurantes a los eventos deportivos al aire libre, con los horarios y las condiciones habituales antes de la pandemia. De esta manera, la sociedad se acerca a la deseada normalidad, que no debe confundirse, en ningún caso con la relajación.

Es evidente que las medidas que han entrado ahora en vigor facilitan una vida cotidiana muy similar a la que teníamos con anterioridad a la aparición del virus y son un bálsamo para que la actividad económica (especialmente en el sector servicios y en la cultura) camine hacia la recuperación, pero no deben olvidarse las prevenciones. En primer lugar, el uso de la mascarilla, que continúa vigente en espacios cerrados y que también contribuirá a un mayor control de otras enfermedades víricas de transmisión por el aire, como la gripe, sin olvidar la higiene de manos y la distancia de seguridad. Por eso conviene insistir en dos aspectos fundamentales. El rigor necesario a la hora de disfrutar de los espacios de ocio (la casuística en discotecas deja mucho que desear) y la continuidad en la administración de vacunas para llegar a un porcentaje aún más alto.  

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El presidente Pere Aragonès ha declarado que «la pandemia ha perdido fuerza, pero no ha acabado». La llegada del frío y la hipotética proliferación de otras afecciones que quedaron bajo mínimos el año pasado deben mantenernos en tensión. Pasar del estado de emergencia al de alerta significa que hemos dejado atrás la parte más oscura de la pesadilla pero, al mismo tiempo, que debemos tener la suficiente conciencia ciudadana para no bajar la guardia. Además, hemos de tener en cuenta, también, que las condiciones sanitarias en un territorio, hoy por hoy positivas, están estrechamente vinculadas a la evolución global del virus, un hecho que nos obliga a extremar la prevención, aun viviendo unos momentos en que la normalidad, en cierta medida, vuelve a nuestras vidas.