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Barcelona

Sin el ‘procés’, con un consistorio centrado en el buen gobierno de las cosas y con unas élites más ambiciosas y comprometidas, la ciudad sería otra

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Contenedores a rebosar de residuos, en una calle del Eixample.

Contenedores a rebosar de residuos, en una calle del Eixample. / JORDI OTIX

Barcelona anda tremendamente revuelta y más que lo andará a medida que nos acerquemos a las elecciones municipales. Tenemos por delante un año y medio en que la ciudad seguirá sumida en el descontento y en el incesante debate acerca de su futuro. Un hábito sorprendente, como bien refleja el que, según leía, son hasta 17 las entidades orientadas a repensar Barcelona. Dudo que en ninguna otra ciudad del mundo se dé tal nivel de activismo que, por otra parte, resulta de una utilidad muy relativa. 

Así las cosas, quizás resulte interesante plantearse cómo sería hoy Barcelona de no haber coincidido en el tiempo tres dinámicas muy determinantes. En primer lugar, el 'procés', cuyas consecuencias, en forma de desorientación y pérdida de dinamismo, han alcanzado de pleno a la ciudad. Un efecto que, en parte inevitable, se ha visto agravado por actitudes como las del entonces alcalde Xavier Trias quien, con toda alegría, se puso al servicio del proyecto independentista.

A su vez, con Ada Colau, abonada a las grandes causas, se ha debilitado la gestión del día a día y se han dificultado proyectos que no respondían a su ideario más propio. Finalmente, esa exagerada autocomplacencia entre nuestras élites económicas que, incluso cuando resultaba muy evidente que la ciudad perdía empuje, perseveraban en negar la evidencia, sumidos en la comodidad de creer que la potencia de la Barcelona que representaban era tal que podría aguantar cualquier envite. Ahora, parecen despertar.

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Sin el ‘procés’, con un consistorio centrado en el buen gobierno de las cosas y con unas élites más ambiciosas y comprometidas, la ciudad sería otra. Lo cual me lleva a considerar que no necesitamos estar continuamente buscando metrópolis que nos sirvan de referencia ni dedicar tantas energías a pensar la ciudad del futuro. Con no haber entorpecido la normal fluidez de los acontecimientos, Barcelona se asemejaría más a esa ciudad abierta y dinámica que ahora añoramos. Aún estamos a tiempo.