Ley audiovisual Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

El PSOE, la conllevancia y el catalán

Si la lengua de Rodoreda resistió al azote de la dictadura franquista, no está claro que su mala salud de hierro sobreviva al nuevo contexto digital de oferta prácticamente infinita

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El PSOE, la conllevancia y el catalán

Bosteza sobre alguna mesa de subsecretario o en una bandeja con el rótulo de 'asuntos pendientes' el anteproyecto de ley de comunicación audiovisual del gobierno español. Son muchos y complejos los aspectos que ambiciona regular el texto, que, además, debe adaptarse a las normas europeas. Sin embargo, lo que ha soliviantado a catalanes, vascos y gallegos es que el borrador menosprecia y abandona a la intemperie las respectivas lenguas cooficiales

Así, se dice, en cuanto a la televisión convencional, que, de la cuota para producciones europeas (51%), la mitad se reservará a obras "en la lengua oficial del Estado o en alguna de las lenguas oficiales de las Comunidades Autónomas". En el caso de las plataformas, tipo Netflix, se repite la fórmula: de la parte europea (30%), la mitad será en español o bien en una lengua cooficial. Como quizás han advertido, la artimaña está en la conjunción 'o'. Castellano "o" una de las lenguas cooficiales. Como cualquiera puede imaginar, y los autores del borrador saben perfectamente, si a los agentes implicados se les deja elegir entre el castellano y, por ejemplo, el gallego, optarán, por razones de audiencia y económicas, el castellano.

Alguien puede pensar que es un error, un desliz que igual no lleva mala intención. Desgraciadamente, en este caso no es así. Des del gobierno catalán y desde ERC y Junts per Catalunya se había llamado reiteradamente la atención al ejecutivo de Pedro Sánchez sobre este punto, que por, otra parte, tiene fácil solución. Basta con definir las cuotas para los idiomas cooficiales. Pero el gabinete de Pedro Sánchez hizo oídos sordos y tiró adelante. El conflicto estaba servido.

Alguien puede pensar, a su vez, que nos hallamos ante una anécdota. Pero tampoco. El catalán -y no digamos el vasco, el gallego o el aranés- se encuentra en una situación delicada y, de algún modo, decisiva. Si la lengua de Rodoreda resistió al azote de la dictadura franquista, no está claro que su mala salud de hierro sobreviva al nuevo contexto digital de oferta prácticamente infinita. La amenaza es evidente entre los jóvenes, cuyos videojuegos, series y redes sociales preferidas se conjugan muy mayoritariamente en castellano o inglés. El catalán corre el peligro de ser algo relegado a las aulas y al ámbito de lo oficial, o propio de gente mayor.

Uno podría caer en la tentación de decir que el PSOE y el PP son, cuando se toma en consideración la lengua, la cultura y la identidad catalanas, lo mismo. No lo voy a hacer, porque creo que realmente no es así. Pero sí se asemejan en algo que es nuclear y está en el centro de muchas de las dificultades de la democracia española. Pese a lo que pone en la Constitución -recordemos: 1978-, que ordena "especial respeto y protección" para el catalán, el vasco y el gallego, los partidos estatales no han sido capaces de convencerse ni, por consiguiente, de convencer a la ciudadanía del precioso valor que la pluralidad entraña. De tal modo que se ha ido dejando la defensa de las lenguas cooficiales en manos de las autoridades autonómicas -eso sí: siempre sospechosas y sometidas escrutinio-, mientras, por su parte, los aparatos del Estado seguían actuando como si solo existiera una lengua -la española-, una cultura y una nación.

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Pareciera que están aquejados por una incurable -y del todo errada- querencia por Francia, símbolo de uniformidad tras arrasar en el pasado y en tiempo récord las lenguas y culturas distintas del francés presentes en su territorio. Es como si la diversidad, una diversidad, a su vez, definitoria y consubstancial a la globalidad, fuera para muchos un fastidio, un enojante y sempiterno tostón.

El socialismo ha optado, desde la Transición y antes de ella por aplicar la fórmula recetada por Ortega y Gasset en 1932 (justamente durante los debates sobre el Estatuto catalán): la conllevancia. Es decir, por soportar algo que, en realidad, ni entienden ni les agrada. En el caso de la derecha -hoy PP, Vox y lo que queda de Ciudadanos- su sueño sería dejarse de conllevancias y zarandajas, y acabar de una vez por todas con lo que perciben como un grave problema y una insoportable afrenta a la España que palpita en su delirante imaginación.