Conflicto en Asia Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Taiwán, campo de batalla de China y EEUU

Pekín, tradicionalmente adversa a todo riesgo, no quiere ocupar la ‘provincia rebelde’ por la fuerza; pretende enviar un mensaje a Taipéi de que no tolerará la independencia, y a los demás países de que no consentirá que se viole el principio de 'una sola China”

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Un miembro de las Fuerzas Especiales de Taiwán.

Un miembro de las Fuerzas Especiales de Taiwán. / EFE

China y Estados Unidos intensifican su actividad militar con al telón de fondo de Taiwán, isla donde se refugiaron los nacionalistas chinos tras perder la guerra civil en 1949. Pekín sostiene que esa provincia “forma parte inalienable del territorio chino” y Taipéi, que se siente respaldada por Washington, afirma que hará “todo lo que sea necesario para defender su libertad y su forma de vida democrática”. 

La exhibición de fuerza china en los primeros días de octubre no tiene precedentes. Su fuerza aérea efectuó centenares de incursiones en la Zona de Identificación de la Defensa Aérea (ZIDA) de Taiwán, con decenas de bombarderos, cazas y aviones espías que simulaban un terrorífico escenario bélico. Provocación o advertencia, lo cierto es que, aunque el Ejército Popular de Liberación declaró en 2020 que no reconoce la línea imaginaria que divide el estrecho de Taiwán y respetaban Pekín y Taipéi, las incursiones solo se produjeron en la ZIDA que bordea al espacio aéreo taiwanés y no en este. 

El ministro de Defensa taiwanés, Chiu Kuo-cheng, afirmó que en 2025 la República Popular estará en condiciones de invadir con éxito la isla. Mientras, el 'Wall Street Journal' reveló que la administración Trump envió en secreto a Taiwán un pequeño contingente de fuerzas especiales para entrenar al Ejército isleño. Es la primera vez, desde que Washington estableció relaciones diplomáticas con Pekín y las cortó con Taipéi en 1979, que EEUU reconoce que tiene militares en suelo taiwanés, aunque no estacionados permanentemente, sino que a lo largo del año han entrado y salido.  

China, tradicionalmente adversa a todo riesgo, no quiere ocupar la ‘provincia rebelde’ por la fuerza; pretende con estos peligrosos juegos de guerra enviar un mensaje claro a Taipéi de que no tolerará la independencia, y a los demás países de que no consentirá que se viole el principio de 'una sola China'. Antes que una aventura militar, Pekín tal vez recurriría a otros métodos, como la interrupción de Internet con el corte de los cables submarinos o el bloqueo económico. Cualquiera de las acciones supondría también un enorme revés para el desarrollo chino y la estabilidad de la zona.

Una de las consecuencias más graves de la creciente hostilidad occidental es el aumento del nacionalismo entre los jóvenes chinos, que puede hacerse incontrolable

La llegada de Biden no mejoró las relaciones con China. Por el contrario, el presidente estadounidense parece prestar oídos a la derecha más recalcitrante, que pide que el Pentágono intervenga a favor de Taiwán ahora, antes de que Pekín alcance una fuerza de combate difícil de frenar. Peter Huessy, director de estudios de disuasión estratégica del Instituto Mitchell, insta a la Casa Blanca a aumentar el presupuesto de defensa y disminuir el social: “Frente a la Unión Soviética la disuasión funcionó, no la distensión”. 

Los halcones afirman que hay que mantener bien pertrechada la isla que el general MacArthur llamó 'el portaaviones' que tiene EEUU frente a la China comunista. Es evidente que la estrategia antichina de Biden es fundamentalmente militar, mientras que la de Trump que era económica. En septiembre, nada más finalizar el fiasco de la retirada de Afganistán, Biden anunció la formación del AUKUS, una alianza militar con Australia y Reino Unido, por la que se dotará de submarinos nucleares a Australia, además de intercambiar información de inteligencia y tecnología con el fin de contener a China. Además, ha celebrado a principios de octubre la primera cumbre del Quad, otra alianza militar integrada por Japón, Australia, India y EEUU. 

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Xi Jinping siente el cerco en torno a China cada día más estrecho, con gestos que considera 'intolerables' como el de Lituania, que ha abierto una sede diplomática de Taiwán. Una de las consecuencias más graves de la creciente hostilidad occidental es el aumento del nacionalismo entre los jóvenes, que puede hacerse incontrolable. Los 1.400 millones de chinos han crecido convencidos de que no volverán a ser humillados por las potencias occidentales y de que la reunificación con Taiwán es una aspiración sagrada. “Debe conseguirse y se conseguirá”, dijo Xi Jinping el pasado sábado, en el Gran Palacio del Pueblo. 

China ve en EEUU una potencia en decadencia obsesionada por mantener su primacía tecnológica, lo que la coloca en el lado errado de la historia. Washington, por su parte, ve a Pekín como una autarquía tiránica empeñada en dominar el mundo. Posturas antagónicas que encuentran en las aguas del Pacífico el caldo de cultivo para que, un error de cálculo de Taiwán, encienda la mecha de un voraz incendio. 

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