El mercado de la energía Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

De la abundancia a la escasez

La falta de inversiones explica en buena medida la escalada de precios del carbón, el petróleo y el gas

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Pozos petroleros del yacimiento chino de Shengli.

Pozos petroleros del yacimiento chino de Shengli. / WU HONG (EFE)

‘Abundancia’ ha sido la palabra de moda en el mundo de la energía durante buena parte de los últimos cinco años. La industria de los combustibles fósiles, que siempre ha buscado acompasar el ritmo de crecimiento de la producción con el mantenimiento de unos precios atractivos, de repente se vio sorprendida por un exceso de oferta. El auge del petróleo y gas de ‘fracking’ en EEUU hizo caer los precios de ambos hidrocarburos en todo el mundo, al mismo tiempo que la reducción de costes de las renovables hacían que estas resultaran competitivas frente a otros combustibles utilizados en la generación de electricidad, tales como el carbón y el gas natural. Un panorama poco boyante que se vio agravado por la abrupta caída de la demanda energética generada por la irrupción de la pandemia del covid-19 y el consiguiente desplome de la actividad económica mundial.

Sin embargo, en las últimas semanas, estamos asistiendo a un vuelco inesperado de la situación, de modo que el término ‘abundancia’ ha ido dejando paso al de ‘escasez’. A primera vista, las manifestaciones de esta última podrían parecer inconexas: los automovilistas británicos están padeciendo la carestía de camioneros para transportar gasolina a las estaciones de servicio, los cortes de electricidad en algunos lugares de China se deben en parte a los intentos de frenar las emisiones de gases de invernadero, la disminución de los estocs de carbón en las centrales eléctricas de la India está vinculada a un aumento en el precio de las importaciones del producto, etcétera. Pero los árboles no nos deben impedir ver el bosque. Además de una conjunción de factores coyunturales, existe otro factor subyacente que podría agravar la escasez de carbón, petróleo y gas en los próximos años. 

No. No me estoy refiriendo a un agotamiento, más o menos inminente, de las reservas de estos combustibles almacenadas en el subsuelo del planeta. Estas son aún suficientes para cubrir el actual consumo mundial durante decenas (caso del petróleo y del gas natural) a centenares de años (caso del carbón). Utilizando un símil, podemos decir que el problema no está en el volumen de fluido que contiene el tonel (las reservas), sino en el caudal que podemos extraer del mismo (la producción) para satisfacer las necesidades del consumo global. Es decir, que el problema reside en el grifo del tonel. ¿Qué pasa con este?  

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Simplemente que en los últimos años hemos asistido a un desplome en las inversiones en la exploración y producción de petróleo y gas natural, así como en la explotación de minas de carbón y en el desarrollo de las infraestructuras necesarias para el transporte y la distribución de estas materias primas. Esto refleja, en parte, la resaca dejada por el anterior periodo de abundancia, con la sobreinversión dando paso a una mayor disciplina en el empleo del capital. Pero también es el resultado de la creciente presión ejercida sobre la industria de los combustibles fósiles para su descarbonización. Este proceso, está empujando a dicha industria a diversificar sus inversiones en otras energías bajas en carbono, así como a dejar en el subsuelo, sin explotar, una parte importante de los recursos (un hecho que, por cierto, refuerza la idea de que no nos van a faltar combustibles fósiles en el futuro, sino que más bien nos van a sobrar). 

Vista la dependencia de combustibles fósiles, gestionar los tiempos y costes de la transición energética es prioritario

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En un nuevo contexto de crecimiento de la demanda ligado a un sentimiento de optimismo económico, alimentado por la esperanza del fin cercano de la pandemia, la falta de inversiones explica en buena medida la escalada de precios recientemente experimentada por carbón, petróleo y gas. La magnitud, a escala global, de la turbulencia inflacionaria resultante y sus consecuencias sociales pueden intuirse fácilmente si se considera que, hoy por hoy, alrededor del 80% de la energía primaria consumida en el mundo proviene de las tres materias primas citadas.  

En la actual situación de emergencia climática, la transición energética es un imperativo. Sin embargo, a la vista del porcentaje arriba mencionado, gestionar bien sus tiempos y sus costes debería ser, más allá de la retórica y de la búsqueda de réditos electorales inmediatos, una tarea prioritaria para nuestros gobernantes.

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