
Profesor de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación (UOC)
Zuckerberg no se gusta en la foto
La mera autorregulación de las redes sociales ya no es creíble ni efectiva. La prohibición de los retoques fotográficos en contenidos publicitarios, aunque insuficiente, marca el camino a seguir

Zuckerberg / economia
Hace exactamente un cuarto de siglo, en 1996, el mítico informativo estadounidense '60 minutes' entrevistó al doctor en bioquímica Jeffrey Wigand. Este exdirectivo de la industria tabaquera denunció malas prácticas consistentes en añadir a los cigarrillos sustancias que los hacían más dañinos y adictivos. Se sabía que era malo para la salud, pero pesó más la convicción de que era bueno para el negocio.
El pasado domingo Frances Haugen fue entrevistada en el mismo programa de la CBS. Ingeniera informática y analista de datos, Haugen es la exempleada de Facebook que filtró a 'The Wall Street Journal' los informes internos que evidencian malas prácticas en la compañía de Mark Zuckerberg. En la entrevista del '60 minutes' y en la posterior comparecencia en el Senado estadounidense, Haugen explicó que tanto Facebook como las demás plataformas del grupo (Instagram, WhatsApp, Messenger) priman sistemáticamente el beneficio empresarial en detrimento de la salud y el bienestar del usuario.
Que Instagram puede tener un impacto negativo en la salud mental de los –y sobre todo de las– adolescentes no es ninguna novedad. Existe literatura científica que así lo viene evidenciando desde hace tiempo. En 2017, por ejemplo, un estudio llevado a cabo por la Universidad de Cambridge y por la prestigiosa entidad británica Royal Society of Public Health puso a Instagram a la cabeza del 'ranking' de las plataformas potencialmente nocivas para la salud mental de los usuarios más jóvenes.
La novedad, pues, no es la eventual toxicidad de Instagram. La verdadera y escandalosa novedad es que su matriz Facebook había constatado y documentado esta amenaza de forma fehaciente, pero decidió mirar hacia otro lado. El mantra se repite: malo para la salud, pero bueno para el negocio.
El problema de fondo es que seguimos creyendo que las redes sociales son ventanas a través de las cuales vemos la vida de los demás y dejamos entrever la nuestra, pero ya no es así. Las redes sociales tienden cada vez más a generar un relato ficticio. Un relato que, en lugar de mostrar lo que realmente somos, muestra lo que nos gustaría ser (o lo que nos gustaría que los demás creyeran que somos). Podemos llamarlo 'postureo', pero es puro falseo.
De todo cuanto acontece en nuestro día a día, seleccionamos cuidadosamente lo más resultón. Queda excluido lo anodino y lo fastidioso. Y a la hora de mostrar lo que ya de por sí es más atractivo, lo hacemos a través de las imágenes que nos permiten mayor lucimiento. Pero si esas imágenes aún conservan la capacidad de recordarnos eventuales defectos y carencias, les aplicamos filtros embellecedores. El resultado es irrealmente perfecto.
Así, cuando yo comparo mi vida (la de verdad) con la vida de los demás (la maravillosa pero ficticia existencia que exhiben en las redes), el resultado ha de ser cuando menos frustrante. Si a ello le sumamos todas las inseguridades propias de la adolescencia, un momento en el que estamos configurando nuestra propia identidad a base de confrontarla con el mundo exterior, el riesgo de toxicidad es palpable. Y dado que las redes sociales no se dotan de mecanismos fiables de verificación de edad, en muchos casos el supuesto usuario adolescente es en realidad un usuario infantil, más vulnerable si cabe.
Del mismo modo que las filtraciones del 'insider' Jeffrey Wigand fueron determinantes para impulsar la regulación más estricta de la industria tabaquera, ojalá que el valiente testimonio de Frances Haugen sirva para que los poderes públicos asuman de una vez por todas que, en materia de redes sociales, la mera autorregulación ya no es creíble ni efectiva. La iniciativa de países como Reino Unido y Noruega encaminada a prohibir el uso de filtros embellecedores y otros retoques fotográficos empleados habitualmente por 'influencers' que difunden contenidos publicitarios puede ser un paso que, aunque insuficiente, marque el camino a seguir.
Ante el revuelo causado por las acusaciones de Haugen, Zuckerberg ha manifestado que no se reconoce en la “foto falsa” que se esta haciendo de la empresa. Qué pena que no se guste en la foto, aunque apena bastante más que muchas adolescentes usuarias de Instagram no se gusten… en su propio cuerpo.
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