Conflicto jurídico Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Puigdemont gana en Europa y pierde en Catalunya

De poco le sirve al 'expresident' cosechar victorias jurídicas en Europa si estas no alimentan una alternativa a la vía de diálogo impulsada por Sánchez y Aragonès

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Puigdemont a su llegada al Tribunal de Apelación de Sassari, en Cerdenya.

Puigdemont a su llegada al Tribunal de Apelación de Sassari, en Cerdenya. / REUTERS / Guglielmo Mangiapane

Vivimos tiempos de paradojas. Mientras Carles Puigdemont cosecha otra victoria jurídica en el escenario europeo, las opciones electorales de su partido, Junts per Catalunya, cotizan a la baja en las encuestas. Mientras el expresidente se crece por la decisión del tribunal de apelación de Sassari de dejarlo en libertad, en contra de la euroorden dictada por el Tribunal Supremo, el independentismo pincha en la celebración del cuarto aniversario del 1 de Octubre. Y mientras los intentos del juez Pablo Llarena de detenerlo han supuesto una ocasión para que el independentismo más irredento denunciara la inutilidad de la mesa de diálogo, Pere Aragonès ha aguantado el tirón y reiterado su apuesta por el diálogo. Mientras suma éxitos jurídicos en Europa, Puigdemont sufre reveses políticos en Catalunya.

El empecinamiento de Llarena ha cambiado las tornas de tal modo que Puigdemont, del que Bruselas recelaba por haber quebrantado la ley en septiembre del 2017, aparece ahora, para muchos, como víctima de una persecución judicial por unos delitos que no tienen un claro encaje en la legislación europea

Con la ayuda inestimable de Llarena, el expresidente ha vuelto a ocupar un lugar destacada en la actualidad, ganándole al Tribunal Supremo otra batalla jurídica en el escenario europeo. Ha conseguido de esta suerte celebrar en loor de multitud el cuarto aniversario de su salida de España, que se presentaba más bien escaso de apoyos y parabienes. Hacía tiempo que no se le veía tan satisfecho y ufano como se mostró en Sassari, al salir del tribunal de apelación. No le faltaban razones. La decisión del tribunal le sirvió en bandeja una rueda de prensa donde se presentó como un hombre libre para la justicia europea, en contraste con las pretensiones de la justicia española. Se permitió incluso aconsejar a los jueces españoles, a Pedro Sánchez y a Pablo Casado que recapaciten, convencido de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) le permitirá recuperar pronto la inmunidad parlamentaria y moverse por Europa sin ser detenido, se pronunciará en contra del suplicatorio para que pueda ser juzgado en España, y avalará las trabas que varios países (Bélgica, Alemania e Italia) han puesto a la ejecución de las euroórdenes tramitadas por Pablo Llarena.

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Está por ver si la justicia europea fallará en todos los casos a favor suyo, pero el mero hecho de que estas cuestiones estén en manos de Estrasburgo, en clara colisión con el Tribunal Supremo, constituye una victoria para quien ha hecho del TJUE la trinchera desde donde defender sus posiciones y caricaturizar al Estado español. El empecinamiento de Llarena ha cambiado las tornas de tal modo que Puigdemont, del que Bruselas recelaba por haber quebrantado la ley en septiembre del 2017, aparece ahora, para muchos, como víctima de una persecución judicial por unos delitos que no tienen un claro encaje en la legislación europea. Nadie ha hecho tanto como el juez Llarena para confirmar aquel ‘teorema Forcadell’ enunciado por la expresidenta del Parlament, según el cual siempre que la desafección, el pesimismo y la división se apoderan del campo independentista, algún órgano del Estado adopta una decisión que actúa como revulsivo y pegamento.

Sin embargo, en esta ocasión ni ha habido mucho revulsivo ni ha funcionado el pegamento. Algo está pasando en el universo independentista cuando las decisiones de Llarena ya no actúan como el acicate al que se refiere Carme Forcadell. El 1 de octubre, solo unos pocos miles de personas acudieron a la llamada de la Asamblea Nacional Catalana, que sólo emuló viejos tiempos en Girona, donde Carles Puigdemont tiene más tirón. Y la conmemoración de la 'aturada de país' del 3 de octubre del 2017 fue un fracaso amenizado de consignas reveladoras de la impotencia y la división que atraviesan el movimiento independentista. Mientras los seguidores de Junts per Catalunya y la CUP recuperaban el lema de los viejos tiempos, contra el olvido y el perdón, Esquerra Republicana llamaba a la Moncloa para asegurar que la mesa de diálogo no estaba en peligro. Con ello, Puigdemont perdía en Catalunya todo lo que iba a ganar en Sassari. De poco le sirve ir cosechando victorias jurídicas en Europa si estas no alimentan una alternativa a la vía de dialogo impulsada por Sánchez y Aragonés. Y la alusión que hizo de si mismo como ‘presidente legítimo’, en la rueda de prensa de Cerdenya, suena cada vez más hueca, incluso para una parte del independentismo.