BARRACA Y TANGANA

Un nuevo ritual

Probablemente tengamos demasiados partidos, demasiadas historias, demasiada información

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Barella recibe un cabezazo en la última Eurocopa.

Barella recibe un cabezazo en la última Eurocopa. / AFP

El presidente de la asociación de autoescuelas de Castellón se llama Fernando Alonso. Es justo el tipo de información que necesito para vivir y vosotros, aunque penséis que no, también.

La semana pasada cambié de cafetera. Después de muchos años abandoné el café en cápsulas. Me he comprado una cafetera italiana de verdad, de una belleza simple, clásica e inoxidable, y ahora me acerco a una tienda especializada para que me muelan con mimo el café. Pienso que así además contamino menos, sin tirar a la basura ocho millones de cápsulas al mes, y me siento bien. 

Solo llevo una semana con mi nueva cafetera y ya soy todo un experto. Pregúntame lo que quieras sobre el origen, el cultivo o la producción del café. Solo llevo una semana y ya soy un completo imbécil que divaga sobre la pureza del tueste o las propiedades naturales del café. Solo llevo una semana y ya miro por encima del hombro a los pringados de las cápsulas. Me dan hasta lástima los pringados de las cápsulas. No saben lo que es un café los pringados de las cápsulas. Espero que al menos sepan que en la autoescuela de Fernando Alonso se pueden sacar el carnet.

Antes tardaba segundos y ahora tardo minutos en preparar el café. Aprovecho el tiempo de espera, con el aparato en el fuego, para contestar mensajes, disfrutar del aroma y avanzar gestiones del trabajo. Luego desmonto con cuidado la cafetera, pieza a pieza. Mientras la lavo con agua templada, se me ocurren bastantes ideas para escribirlas después. Todo son ventajas con mi nuevo ritual del café. No sé cómo he podido vivir sin él. Todo funciona y todo está bien: calculo que en un par de semanas me cansaré.

Esto del café me ocurre con el fútbol y me ocurre un poco con todo también. La primera vez que leí la peculiar historia del Sheriff Tiraspol me dije 'oye, qué interesante, qué bien'; pero desde que le ganó al Real Madrid en Champions la he escuchado cuatrocientas veces y ya vale, por favor, ya está bien.

Qué nos ha pasado con esas historias que un día necesitamos para vivir: la Farfalla Granata, el gol de Pelé que no fue, el Boxing Day o los hermanos Boateng. La primera vez que leí la historia del Boxing Day pensé 'este tío domina de fútbol internacional, menuda historia, es el no va más'; pero ahora llega la Navidad y rezas para no encontrarte con el enésimo artículo de relleno sobre el Boxing Day. Ya lo miras por encima del hombro sin recordar que un día tú fuiste así e hiciste eso también. Al respecto tengo una certeza –somos viejos resabiados, lo peor- y una impresión: cada vez pasa menos tiempo desde que descubres algo –esa fascinación- y lo ves agua pasada, una pesadez, un sopor. Probablemente tengamos demasiados partidos, demasiadas historias, demasiada información.

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No lo sé.

En la selección italiana y en el Inter --termino con esto- juega Nicolò Barella. Durante la Eurocopa leí que barella se traduce como camilla y desde entonces miro sus partidos esperando que Barella salga un día del campo tumbado en una barella. Como lo cuento y lo repito, alguno ya pensará de mí lo mismo que yo pienso cuando veo un artículo fusilado sobre el Boxing Day; y alguno tendrá una máquina superautomática que muela mejor el grano mientras prepara el café. Pero lo de Barella en barella, ojo, no lo negaréis: es justo el tipo de información que necesito para vivir y vosotros, aunque digáis que no, también.