Magnético Antonio Gasset

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Antonio Gasset.

Antonio Gasset. / Bcn

Esta semana se murió Antonio Gasset, el presentador inolvidable de 'Días de cine'. Los que lo conocían me dicen que era un desastre, un dandy y un vanidoso. Sin embargo, todo esto me lo dicen como parte de un elogio. Hablan de sus plantones legendarios, de sus escaqueos olímpicos, de las montañas de problemas que llevaba y arrastraba por las redacciones y productoras. Me cuenta una compañera suya de 'Informe Semanal' que la dejó tirada en un viaje; otro, que se gastó (quién sabe dónde) las dietas que compartían y que eran todo el patrimonio de ambos; otro me dice que a la hora de entrega de un trabajo era como si se lo hubiera tragado la tierra, y capaz de decir, sencillamente, que no le apetecía trabajar. Y, de nuevo, todo esto, que bastaría para romper unas cuantas amistades, me lo cuentan para ensalzarlo. ¿Cómo tiene que ser uno para que esa clase de memorias no lo desacrediten? La respuesta es que Antonio Gasset tenía una personalidad magnética, una sensibilidad graciosa y una inteligencia que equilibraban la balanza torcida por su ego. Lo bastante para granjearle siempre el perdón por sus desplantes.

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No lo sé, porque no lo conocí, pero lo que sí conocí fue su programa, como ustedes: aquella forma surrealista de dar paso a publicidad, la crueldad divina para burlarse de las películas mediocres, la entonación robótica, las medias sonrisas apenas insinuadas y la melancolía, no se sabe si fingida o sincera, cuando despedía la emisión hasta quién sabía cuándo. Fui de los que se pusieron en pie de guerra cuando lo jubilaron, pero luego supe que a él le había venido divinamente, porque le gustaba más la vida que el trabajo. Quizás por esa médula hedonista suya, por una pasiva despreocupación hacia su propia carrera, Gasset fue un animal catódico extraño: se lo veía en la pantalla haciendo lo que casi ningún productor consiente que se haga, lo que hunde audímetros, hablarle al público como si fuera un ente inteligente, provisto de criterio y de sentido del humor. Hablar a la audiencia como si fuera adulta.

Dicen que hoy esa clase de comentarios suyos cabrearían a alguien, pero es más que dudoso. Hoy, como entonces, la audiencia de un programa de cine en la televisión pública sería demasiado reducida. Un club de amigos como los que hoy, sin hacerle conocido, despedimos a Gasset tratando de evitar la cursilería.