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Amor América

Sobre la Bienal de Novela Vargas Llosa y las torpezas en torno al bicentenario de México

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Mario Vargas Llosa, en una imagen de archivo.

Mario Vargas Llosa, en una imagen de archivo. / David Castro

Domingo, 19 de septiembre. El día se me esfuma haciendo la maleta y escardando periódicos viejos, una pila. Me llama la atención la noticia de un error hospitalario que cambió el destino de dos bebés para siempre, porque a mí (casi) me sucedió lo mismo. O eso me dijeron. No deja de ser un contrasentido que uno asista a su propio nacimiento de oídas y que lo recuerde gracias al relato familiar, según el cual las enfermeras dieron el cambiazo en un descuido, del que mi madre se percató porque el bebé que le entregaron no llevaba pendientes. ¿Adónde habría ido a parar de no haberse resuelto el dislate?

Miércoles, 22. Aeropuerto de Barajas. Entro en la panza del avión, un pajarraco enorme, con rumbo a México para asistir a la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa en Guadalajara. Un regalo de la vida, una manzana jugosa cuyo alcance se encuentra a un porrón de horas de vuelo, sin fumar, con la mascarilla anticoronavirus y el antifaz para (intentar) dormir. Ay.

Jueves, 24. Las alas del Airbus A-350 planean al fin sobre la ciudad de México, que se extiende allá abajo como un tapiz infinito, un mosaico abigarrado de contrastes. Los cielos de Tenochtitlan… Acaban de cumplirse 500 años de la caída de la capital azteca y, en sazón, la astucia de López Obrador vio la oportunidad de exigir que España pida perdón por los desmanes de la conquista. Habría que pedirlo, claro, pero el presidente mexicano debería recordar que no es el perdón –palabra de resabios católicos, cargada de culpa con su absolución– el remedio contra la desigualdad, sino las políticas concretas. El aquí y el ahora.

Viernes, 25. Mezcla sabrosa de acentos e inteligencias en los debates de la bienal y en las sobremesas enchiladas, aún mejores. Perú (Jorge Eduardo Benavides, Renato Cisneros, Pedro Llosa); Colombia (Juan Gabriel Vásquez, Santiago Gamboa); Venezuela (Rodrigo Blanco Calderón, Karina Sainz Borgo); Chile (Alejandro Zambra, Carlos Franz); México (Rosa Beltrán, Carmen Boullosa); Argentina (Selva Almada, Dolores Redondo); España (Rosa Montero, Juan Tallón). La complicidad que brinda la lengua, el descubrimiento de verbos fantásticos como “vidajenear” (o sea, fisgonear) que emplean en Panamá. Ese es el verdadero milagro, la magia del idioma compartido, el segundo más hablado del mundo, un capitalazo que España nunca supo rentabilizar.

Domingo, 26. Mario Vargas Llosa, el maestro, envejece; camina con bastón, tras una rotura de cadera, pero conserva intacta la lucidez, el mordisco, el filo de sus ideas. En la clausura del congreso, en torno a la literatura y la libertad, el nobel peruano recuerda que la Inquisición prohibió la publicación de novelas en las colonias porque las consideraba perjudiciales para el adoctrinamiento de los indios; aun así, hubo un intenso contrabando, y los primeros ejemplares del ‘Quijote’ llegaron a Lima escondidos en toneles de vino. Ahora, 500 años después, Daniel Ortega ha prohibido la edición de ‘Tongolele no sabía bailar’, del premio Cervantes Sergio Ramírez, una novela sobre Nicaragua y el desencanto con la revolución. Y ahí seguimos, con libros que incomodan al poder, que no renuncian. Ya lo advertía el ingenioso hidalgo: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”.

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Lunes, 27. Amanece sobre Guadalajara con jirones de fuego entre las nubes. Antes de embarcar, debe rellenarse un certificado digital por el covid, un proceso complicadísimo, a medio camino entre Orwell y Kafka. ¿Quién ayuda a los ancianos analógicos en los viajes? Descubro, encima, que la sanidad española tiene equivocado el mes de mi nacimiento. ¿Y si en realidad no he nacido?  

Miércoles, 29. España no asiste a los actos conmemorativos de los 200 años de la independencia de México (no ha sido invitada). Entretanto, Isabel Ayuso, la presidenta madrileña, sigue haciendo amigos, reconviniendo al Papa Francisco. Le sorprende, dice, que “un católico que habla español” reflexione por carta sobre los “pecados” cometidos por la Iglesia durante la conquista, que el catolicismo “llevó la civilización a América”. Sí, señora, la cruz y la espada; solo le faltó hablar de los caníbales aztecas. Política sucia, de la que lo tizna todo.