Serie de éxito

Lo que 'El juego del calamar' cuenta de los excluidos

Un juego infantil conquista al público adulto de todo el mundo a partir de una serie de Netflix que retuerce el argumento para conectar con nuestras inquietudes.

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Fotograma de ’El juego del calamar’

Fotograma de ’El juego del calamar’

¿Quién no ha jugado al escondite? Juegos que aprendemos de niños y con los que nos divertimos durante horas, pensados para desarrollar habilidades como la intuición, la imaginación, y que están cargados, ahora lo sabemos, de adrenalina y dopamina: las emociones se disparan cuando eres perseguido, también cuando siendo perseguidor alcanzas tu presa.

Ahora es otro juego infantil, El juego del calamar, el que conquista al público adulto de todo el mundo a partir de una serie de Netflix que retuerce el argumento para conectar aún más con nuestras inquietudes.

Cientos de personas que atraviesan dificultades económicas, desde el paro hasta deudas por el juego, o sufren una vida marginal porque su conducta les ha excluido de su comunidad, ven en su participación en un misterioso juego la posible vía de escape a sus apuros económicos. Quien gana, se lleva una fortuna. Perder...no se puede contar.

Los perdedores y excluidos

Que una serie coreana arrase en España (también en EEUU) es el colmo de la globalización pero esconde un mensaje descorazonador: nos seduce el mismo tipo de suspense porque podemos ponernos en el lugar de esas historias de perdedores y excluidos de la sociedad. Y cada vez tenemos más.

La brecha de la desigualdad contra la que llevamos toda la humanidad luchando se agranda de nuevo. La pandemia empujó a las colas del hambre a miles de personas, cerró negocios, ahogó el crecimiento y las alternativas a la pobreza. Hasta el cambio climático ha engendrado refugiados, y la falta de oportunidades en nuestros barrios es una herida abierta que cuesta cada vez más taponar. 

La gamificación de la vida

Y, a la vez que esto ocurre, la gamificación de nuestro entorno avanza. La misma Netflix, una plataforma pensada para el entretenimiento basado en el consumo de películas y series en streaming ha desplegado su apuesta por los videojuegos, por ese paso más en la búsqueda de la interacción con la audiencia. Por otro lado, los juegos en red con dinero han avivado la crisis de la ludopatía y han forzado a los gobiernos a endurecer los límites. Fue durante la pandemia, pero ya antes los ayuntamientos pusieron la primera piedra en la protección de los menores al obligar a los bingos y billares a mantener una distancia física con los colegios. 

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Los concursantes de El juego del calamar viven en una sociedad muy distinta a la nuestra y, desde luego, van mucho más allá de echar una quiniela para intentar salir del vagón de cola de la miseria. Pero esa pulsión de los desesperados, de los excluidos, que hemos visto multiplicarse a nuestro alrededor y que hasta hemos vivido en algún momento de nuestras vidas nos interpela a través de este drama con tintes gore, que ni siquiera se disfraza de distopía de un futuro imaginario como han hecho Los Juegos del hambre. Que podría estar aquí y ahora.