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El descanso del guerrero

La tarde del pasado sábado fue sacudida por la muerte de Antonio Franco Estadella. Había fundado este diario y aquí quedó ampliamente reflejado. Había hecho otras muchas cosas “bastante bien”, como él mismo calificaría sin aceptar la excelencia ni concederla nunca

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Antonio Franco

Antonio Franco / ALVARO MONGE (Delegaciones)

El obituario es un género difícil. Precisa de una pulcritud extraordinaria que no debería apartarse de la descripción de la esencia del finado para resaltar su importancia en vida. La que al fin y al cabo le ha hecho merecedor del último elogio. Según el supuesto manual, para practicarlo adecuadamente, quienes tuvieran que redactarlo deberían alejarse de sus propios recuerdos y no confundir al público en lo que pudiera parecer una usurpación del protagonismo del traspasado a beneficio del propio. 

En esta línea de falsa objetividad, se instaba a no caer en el error de la hagiografía pero tampoco ser tan distantes como para mostrar frialdad ni tan críticos como para simular venganza. Y dejar la última huella de los logros más que la sombra de los fracasos. Claro que la historia de esta especialidad periodística ha dado ejemplos jugosos de alteración de los principios que no son ni los de las esquelas ni los de los anuncios mortuorios. Tampoco los de los infundios que han enterrado en vida a quien seguía coleando. Monica Vitti se lleva la palma. 'Le Monde' la “suicidó” el 3 de mayo de 1988 por no haber contrastado un chisme que circulaba. Afortunadamente, 33 años después puede seguir manteniendo que aquella fue una noticia de mal gusto. Episodio que niega por sí mismo el principio que el rumor sea la antesala de la noticia. 

Han sido los cambios sociales y la información de proximidad, la evolución de usos y costumbres y la necesidad de una comunicación más natural y espontánea, menos pomposa, los elementos que han provocado cambios sustanciales en esta práctica también literaria. De ahí que sean las anécdotas propias compartidas con el despedido las que ilustren su personalidad en los textos actuales, convirtiendo la memoria en ese gran cementerio donde cada recuerdo es fruto de múltiples miradas y cada vivencia de distintas visiones. Y es así como cada homenajeado queda circunscrito a sí mismo sin nadie más que se le asemeje, como dictó el poeta Yevtushenko.

La tarde del pasado sábado fue sacudida por la muerte de Antonio Franco Estadella (Barcelona, 17 de enero de 1947/25 de septiembre de 2021). Había fundado este diario y aquí quedó ampliamente reflejado. Había hecho otras muchas cosas “bastante bien”, como él mismo calificaría sin aceptar la excelencia ni concederla nunca. Lo descubrió Emilio Pérez de Rozas, añadiendo que si esta era su valoración de tu trabajo ya podías salir a celebrarlo porque el elogio había alcanzado su grado sumo. 

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Amigos, conocidos, allegados y saludados han dejado constancia de la pérdida en todos los medios. Y es el compendio de lo mucho escrito y narrado la que dibuja un perfil tan enorme como su figura y una capacidad tan potente como su carácter. El de una persona tan sensible como para disimular su ternura y tan vehemente como para disfrazar sus dudas. 

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En su último artículo, publicado en estas mismas páginas hace un mes y al hilo de la llegada de Messi a París, Antonio advertía de los riesgos de las noticias falsas por interés o voluntad de manipulación. Otras por autoengaño o negligencia. Pero también hay unas terceras. Aquellas que siendo ciertas uno se resiste a creérselas. Y desde aquel día el periodismo, incrédulo, se repite sin cesar que no. Que no puede ser que haya perdido tanto.