Décima avenida Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Motos quemadas tras el botellón del Bogatell.

Motos quemadas tras el botellón del Bogatell. / Jordi Otix

Debe de ser cosa de la edad, pero como vecino del Poblenou no me gusta salir a pasear por la playa temprano un domingo y encontrarme el paseo tal que un cenicero de un bar de los 80: sucio y maloliente, resacoso y cochambroro, vasos doblados y bolsas de plástico hasta donde alcanza la vista, botellas de alcohol y refrescos esparcidas por el suelo, papeles y suciedad, algún que otro condón, cristales rotos por doquier. Eran los restos del macrobotellón de la Mercè. Un ejército de empleados del Ayuntamiento limpiaron la playa y el paseo bastante rápido, considerando la situación, pero la auténtica factura la pagaron algunos de los restaurantes saqueados de la zona y los propietarios de las motos que ardieron. Pies de página en el discurso de hastío generacional que, al parecer, nuestros jóvenes construyen con los botellones multitudinarios. Pies de página sin importancia, como la palma de la mano de ese niño que se clavó un cristal en el paseo marítimo varios días después de la fiesta.

Mundo adulto

Hay una gran escandalera en el “mundo adulto” (tomo la expresión prestada de un artículo de Juan Soto Ivars) por los macrobotellones. Está el escándalo por el desafío que supone a las normas sanitarias, y la indignación por los saqueos y los disturbios. Condenar la violencia se adentra en el postureo: la gran mayoría de los chavales que se lo pasaron en grande no quemaron motos ni asaltaron restaurantes, no hay mucho que reflexionar sobre vándalos profesionalizados. Los botellones, como apuntaba Soto Ivars, son un “un chorro de ganas de vivir y divertirse lanzado en nuestra puñetera cara”. Es comprensible, y hasta diría que es la obligación generacional a según qué edad, que  tras la Cuaresma sin fin del Coronavirus llegue un Carnaval que lo flipas.

Al mundo adulto le gusta criminalizar a los jóvenes, entre otros motivos porque si existe un consenso intergeneracional es que cualquier tiempo pasado fue mejor, faltaría más. Pero entre la caricatura a trazo grueso contra los adolescentes y justificar todas las gracias debería haber algún punto medio, al fin y al cabo una de las primeras palabras que aprenden los padres primerizos es “límites”. Mi objeción principal al macrobotellón no es sanitaria (que levante la mano quien no está harto de mascarillas y restricciones) ni moral (no hace falta tener 16 para elegir Carnaval sobre Cuaresma) sino el abuso del espacio público: me molesta que pasear por mi barrio sea como llegar el último, y sobrio, a un fiestón que ya acabó. Y me fastidia aún más que quienes deben poner límites a aquellos que abusan del espacio público se dediquen a señalarse con el dedo.

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